Nota de la editora y los autores:
Este post estaba previsto que saliera el pasado día 25 de Julio, día de Santiago, pero por respeto a las víctimas del terrible accidente de tren ocurrido en la víspera, decidimos no publicar nada ese día.

Hoy, 25 de julio, es el día de Santiago y muchos peregrinos se han fijado como meta llegar a Santiago de Compostela y cruzar el Pórtico de la Gloria.
Realizar una ruta de peregrinación supone emprender un camino que es a la vez exterior e interior. Hay quien ve en ello una marcha dura y probática, una vía iniciática que supone una toma de conciencia de la trascendencia de la vida y la adquisición de unos dones espirituales. Todo un proceso de transformación que culmina al alcanzar el destino sagrado y que devuelve al peregrino a su vida ordinaria convertido en una persona nueva. Al menos, esta es la visión que marca la tradición peregrina sin importar la forma de espiritualidad sobre la que se fundamenta.
Recorriendo el Camino de Santiago, independientemente de la ruta que se elija (la más transitada es la conocida como el “Camino Francés”, pero últimamente hay otras que van acogiendo a más peregrinos, como el “Camino del Norte”, el “Camino Portugués” o la “Vía de la Plata”, entre otros), uno se asoma a esa componente iniciática aunque los motivos por los que se haya lanzado a caminar pueden ser tan prosaicos como “querer adelgazar unos kilos”. Al final, la mística del camino se reduce a que un paso le sigue a otro, y a otro más, para finalmente descubrir que a la vez que se pisa el suelo de tierra o asfalto el peregrino se mueve por otros senderos invisibles, pero igual de reales que los desplegados ante sus ojos, rutas que se transitan con la mente y con el corazón. Al avanzar por el Camino, uno piensa en la infinidad de pisadas que se acumulan en la tierra y se da cuenta de que todos los peregrinos han puesto y ponen sus pies en el mismo suelo, pero recorren caminos diferentes.
@naiapereda y yo nos hemos tomado recientemente unos días para adentrarnos juntos en el Camino de Santiago. Hoy es un buen día para publicar estas doce reflexiones que hemos ido compartiendo según avanzábamos por nuestro Camino.

1. El Camino decide cuándo entras en él

Ya estás en el punto de partida, el que has decidido que sea tu punto de partida. Normalmente por la tarde. Pasas la primera noche en un albergue junto a otras personas que están allí. Tienes toda la ropa limpia, bien doblada y organizada en la mochila. Al día siguiente te levantas temprano y te pones a caminar. Ves a otros caminantes que avanzan a su ritmo. Te adelantan, adelantas, tus pies están perfectos, tus piernas van ligeras… Esos primeros kilómetros, incluso esa primera etapa, son como una excursión o una marcha de trekking. Por fin llegas a tu destino del día y no sabes muy bien qué hacer esa tarde. Ves a otra gente escribir en sus cuadernos, con la mirada fija en móviles y tablets, fumando o disfrutando una cerveza. Y tú empiezas a hacer lo mismo. Te sientas, escribes, bebes, contemplas tu entorno. Todavía no has entrado en el Camino. Hay un momento en el que, sin embargo, tu percepción cambia, tus sensaciones no tienen nada que ver con las de una escapada de domingo, empiezas a establecer conversaciones que ya no son casuales, y mides tu fuerza interior de una manera distinta. No se puede decir cuántos pasos son necesarios para que se produzca la transformación. Para cada uno es diferente. Pero hay un momento concreto en el que dejas de ser caminante y te conviertes en peregrino.

2. En el Camino 1+1 no son 2

Todos los kilómetros no son iguales, no es lo mismo un kilómetro al comienzo, que en medio que al final. Un kilómetro tiene un valor distinto para cada peregrino y dentro de la jornada de cada peregrino. Los kilómetros acumulados algunas veces son una carga insoportable y otras en cambio te proporcionan la fuerza necesaria para seguir y llegar a tu destino. Lo mismo ocurre con el tiempo. Un minuto son sesenta segundos siempre, pero un minuto temprano por la mañana es más corto, mucho más corto que un minuto cuando llevas acumulados muchos minutos o muchos kilómetros, que es lo mismo, porque en el Camino la distancia es tiempo y viceversa.

3. El Camino es siempre hacia adelante

Uno nunca piensa en deshacer el camino recorrido. Puedes verte forzado a retroceder, porque has perdido las señales y te has salido de la ruta. Entonces cada paso que das para recuperar el camino será doloroso. Esa distancia de más es un lastre en los kilómetros siguientes de la jornada, porque no puedes evitar lamentar el haberla hecho. En el camino sólo echas la vista atrás para admirar satisfecho todo lo que se ha recorrido, pero nunca con la idea de volverse. Sólo puedes caminar hacia adelante y con los ojos puestos en el siguiente mojón, buscando la próxima flecha amarilla. Un peregrino nunca se plantea retroceder.

4. En el Camino el cuerpo nos habla

Estás más sensible a descubrir todas las señales que el cuerpo te envía. Cada parte del cuerpo empieza a hablar y algunas hasta gritan. Zonas que de ordinario pasan desapercibidas, de repente, parece que despiertan y te reclaman atención. Insisten en que están ahí, marcan su territorio y hacen que te olvides de otras que solemos tener más presentes. Es curioso, pero el estado “normal” es no sentir nada y vivir casi en exclusiva en nuestra cabeza. Sin embargo, cargar con una mochila, calzarse unas botas y ponerse a caminar largas horas bajo el sol, el viento o la lluvia, pisando suelos irregulares y pedregosos hace que se despierten rincones recónditos de nosotros mismos. Un dedo del pie, el lado izquierdo del talón, los hombros, las rodillas y los tobillos empiezan a quejarse, todos a la vez o uno detrás de otro y entonces sientes que eres mucho más que tu cabeza.

5. En el Camino hay que acompasar el ritmo propio al de tu compañero

No viajas solo, vas con otra persona. Y así como cada uno escucha de sí mismo mucho más de lo que está acostumbrado, debe saber “escuchar” al otro, al compañero, y adivinar qué te dicen sus pasos, su forma de moverse, su respiración. Has de aprender cuándo ralentizar el paso, cuándo acelerar para no perturbar su ritmo, cuándo sugerir un alto, cuándo dar ánimo, cuándo expresar una queja y cuándo callársela. El que va contigo es otro cuerpo, otro ser que camina y tu camino ya no es sólo tuyo, sino de los dos, y tienes que aprender a escucharle y a hablarle desde ti y, sobre todo, desde él.

6. En el Camino una marea de pensamientos, de emociones y sentimientos te inunda

Mil sensaciones surgen de los rincones del cuerpo, pero a la vez, según transcurren los minutos y las horas y se suceden los kilómetros, la cabeza no para de funcionar. Cualquier mínimo detalle del camino: la brisa, las espigas de trigo que se agitan con el viento, las amapolas, una cigüeña regresando a su nido, un escarabajo que se cruza… despierta una serie de pensamientos, de emociones y sentimientos. Algunos se quedan dentro y otros se pronuncian y se comparten con tu compañero y a menudo te das cuenta de que los dos estáis asaltados por la misma idea.

7. En el Camino un dolor se quita con otro dolor

Cuando practicas un deporte, o en el transcurso normal de la vida, si te lesionas o algo te duele, lo que haces es pararte, analizar la situación, ponerle remedio y esperar a que pase. En el Camino, salvo que sea algo muy grave, sigues adelante haciendo que el dolor termine por cansarse antes que tú o sea sustituido por otro dolor. Así, continúas acarreando, además de la mochila, una retahíla de dolores que compiten por hacerse visibles a cada momento a sabiendas de que su gloria no durará lo suficiente como para doblegar la voluntad del peregrino.

8. El Camino te ayuda a desbloquearte

Tienes un problema. Has llegado a un punto muerto en tu vida, te sientes atascado y no sabes cómo salir de ahí. En tu entorno habitual siempre te encuentras a las mismas personas, estás sumergido en bucles y le das vueltas a lo mismo una y otra vez sin encontrar una salida. El camino te saca de los lugares que frecuentas, de las personas que te rodean, de tu devenir ordinario. Te expone a tus pies, a tus piernas, a tus hombros y caderas, a otras personas, a otras conversaciones, a otros paisajes. Poco a poco y a cada paso que das hacia adelante, el camino te saca de esos bucles, los deshace, desenreda las madejas mentales que se alborotan en tu cabeza y que no te permiten avanzar.

9. En el Camino se cumple la fábula de la liebre y la tortuga

Hay peregrinos que andan rápido, muchos que van a ritmo de paseo, unos cuantos que caminan muy lentamente. El Camino no es una carrera, aunque haya algunos que parece que están compitiendo, que no les gusta tener por delante a nadie.
Sales temprano, adelantas a un grupo de peregrinos que han salido antes, haces un alto en algún punto y, cuando llegas a destino te encuentras a los anteriores que ya se han registrado en el albergue. Te preguntas cómo es posible, si caminaban más lentamente, pero ahí están, duchados y sonrientes. Otras veces es al revés, te dejan atrás y los pierdes de vista. Sin embargo, tú llegas para comer al final de la etapa y a ellos los ves llegar cuando te levantas de la siesta. En el Camino, no es extraño que el más lento caminando llegue primero.

10. En el Camino todo es normal

Caminar a pleno sol a las tres de la tarde, caminar bajo la lluvia y con las botas llenas de barro, levantarse a las 3 de la madrugada para caminar al amparo de la luna siguiendo la estela de la vía láctea, caminar descalzo y con una gran cruz de madera colgada al cuello, caminar tapado como si fueras un tuareg, hacerse más de 30 km con una bolsa de plástico de la compra llena en la mano, caminar cantando o en silencio, caminar llorando, caminar pertrechado con un equipo como para subir un ochomil, caminar con mochila y tirando de un trolley, caminar abrasado por el sol, caminar en ayunas, caminar con lo puesto y poco más… Descubres que en el Camino nada te sorprende.

11. El Camino te exige ir ligero de equipaje

Antes de salir haces una lista con todo lo que necesitas. Vas cargando la mochila con varias camisetas, muchas mudas, sudaderas por si hace frío, una para ponerse después de andar siempre limpia y otra para sudarla de verdad… Y sales el primer día con un peso considerable. Según transcurren las etapas te vas dando cuenta de que hay cosas que nunca salen de la mochila. Lavas la ropa todas las tardes y si no se seca, siempre la puedes colgar de la mochila al día siguiente. Entonces empiezas a dejar cosas en los albergues: un par de camisetas, una de las sudaderas, calcetines, ese libro que ya has terminado… Otro peregrino seguro que lo aprovechará. Y es que forma parte del Camino irse desprendiendo de todo aquello que no necesitas hasta descubrir que prácticamente no necesitas nada.

12. Los otros peregrinos de El Camino

El Camino es el suelo por donde pisas y por el que diriges tus pasos, son las flechas amarillas que te indican por dónde seguir, son los mojones jacobeos que jalonan la ruta, son las fuentes en las que sacias tu sed, son los bares en los que repones fuerzas, son los albergues en los que descansas y pasas la noche, son las iglesias de hace un montón de siglos, los árboles que dan sombra. Pero, sobre todo, el Camino son los otros peregrinos. Reparas en cómo visten, cuánta carga llevan, cómo caminan, cómo descansan, qué comen, qué hacen cuando están en los albergues. Todos ellos son una historia andante que deseas conocer: de dónde son, dónde comenzaron, qué tal llevan los pies, cuántas etapas han hecho, en qué trabajan y, sobre todo, por qué han decidido hacer el Camino. Siempre hay un cierto misterio que rodea a cada uno y no es otra cosa que el motivo que le ha llevado hasta allí. Muchas veces prefieres no saberlo, no vaya a ser que la respuesta haga perder a esa persona todo el interés que nos suscita. Así, uno mantiene la distancia con ciertos peregrinos y refrena las ansias de conocerlos. Con algunos peregrinos hablas, con otros deseas hablar, con unos pocos nunca lo haces, pero te sientes unido con todos, porque las palabras no son la única manera de comunicarse y de establecer una relación.
Las historias de los peregrinos se van enredando a medida que pasan los kilómetros y el Camino se convierte así en el hilo conductor de nuevas historias que nacen del caminar compartido: surgen amistades, amores, encuentros, despedidas, se entablan conversaciones que pueden cambiar el curso de toda una vida. Aunque un peregrino camine en solitario, nunca va solo, y sin saberlo, es también un personaje de otras muchas historias, quizás tan solo como una extra o como un relleno que configura un escenario, pero un personaje al fin y al cabo.



Los otros peregrinos, los hospederos cuando partes por la mañana, la gente de los pueblos con la que te cruzas… siempre se despiden con un “Buen Camino”. Al principio te choca la expresión y te parece incluso rídiculo pronunciarla. Luego empiezas a desear “Buen Camino” de forma automática sin pensarlo demasiado, casi como una fórmula de cortesía. Y según te vas a cercando a tu destino te vas dando cuenta de que esas dos palabras tienen un significado profundo. El día que te despides de los otros peregrinos les deseas “Buen Camino” no ya para ser educado, sino como una reverencia por haber compartido la experiencia y como un deseo sincero para su vida a partir de ese momento. Buen Camino.

La fotografía es de los autores.


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Igor Campillo

Sobre Igor Campillo


Soy director ejecutivo de Euskampus Fundazioa. Licenciado y Doctor en CC. Físicas por la UPV/EHU. Experto universitario en periodismo y comunicación científica por la UNED. Añoro los tiempos de investigador, pero he descubierto que la gestión también puede ser apasionante.