Hace ya 5 meses que la nave empresarial que surcaba los cielos laborales con aire decidido y donde ejercía mi profesión de obrero del diseño web lo mejor que yo sabía, decidió al ver acercarse los negros nubarrones de una enorme tormenta económica que para mantenerse en el aire debía soltar lastre. Y el primer fardo del que decidió deshacerse fue aquel simpático y bohemio muchacho -bueno, no tanto, ya tengo 41 tacos- que esto escribe y que por un ojo de la cara se dedicaba a poner colorines e imágenes chulas al código que tejían los esforzados programadores y analistas-programadores -eso sí es un a profesión decente- de la oficina. Para el viaje que debían hacer no hacían falta mis caras alforjas. Con las de mi compañera -más baratas pero de igual calidad y que servían para lo mismo- valían. Muy educadamente y con dolor de su corazón me abrieron la puerta y de un gracioso empujón después de darme un sentido abrazo me lanzaron al vacío laboral con una buena indemnización como paracaídas. En el momento entendí que mi sacrificio era necesario -la empatía esa gran virtud mía- y la verdad es que no me pilló por sorpresa viendo el devenir laboral de los últimos meses anteriores a mi deceso laboral: era la única conclusión, – y además visionario, soy una joya-.

Pero no todo en mí es luz, también tengo mis sombras y no puedo negar que la comprensión inicial de la decisión ha ido gradualmente tornándose en cierto resquemor rozándose con un muy suave rencor, qué le voy a hacer soy humano. A veces muy humano.

Por tanto, en un arrebato de furia me he decidido a gritar a los 4 vientos (Céfiro, Bóreas, Noto y Euro, creo que eran) no un decálogo sino más bien un dodecálogo, -bonito palabro que nos regala el diccionario de la Real Lengua Española- que quizás sirva para alguien en mi misma situación. O quizás no. Aunque entre 6 millones seguro que a alguno le vale, pero dudo mucho que estos 6 millones de espectros accedan a esta mi lista de pesares.

Intentaré seguir una línea coherente en mi dodecálogo pero como mi peregrina mente de parado salta de una cosa a otra no lo aseguro. Posiblemente hable en un punto de churras y al siguiente me pase a merinas sin solución de continuidad. Me encanta esta expresión, es tan de Radio Clásica de RNE…

1. El sol sigue luciendo

Pues sí, a pesar de todo, el sol sigue brillando. Que esté en el paro no significa que mi mundo se vuelva en blanco y negro como dirigido por Murnau o por Lang, aunque durante este largo invierno haya llegado a dudarlo más de una vez de la existencia del astro rey (cada vez que alguien llama al sol astro rey, nuestro idioma se muere un poquito).

Vivimos una amarga época que lo cubre todo con el manto triste y gris de la pesadumbre. Somos como esos ejércitos de obreros cabizbajos que marchan al unísono hacia quién sabe dónde. Pero esta vez no nos filma Fritz Lang ni esto es la distópica Metrópolis y de María no hay señales… Así que olvidaros, estar en el paro no significa que vivas en una película del expresionismo alemán, ni somos víctimas del Nosferatu o del Golem (Golem que no Gollum hago referencia a la leyenda judía, y no al personaje obsesionado del Tolkien) de turno. Por tanto, no pongais cara de pavor, abriendo mucho los ojos mientras os ponéis el dorso de la mano en la boca y lanzáis un grito mudo.

¡Eh! igual sí, vaya metáfora me ha salido, el empresario desalmado que nos mando al infierno del paro nos lo podemos imaginar como un ser delgado de grandes ojos, cara chupada y unos enormes colmillos que huye de la luz del día o se protege de ella con su larga capa. ¡Jo! es tan buena la metáfora que seguro que ya se le había ocurrido a alguien antes…

2. Los besos y abrazos de tus seres queridos no desaparecen y tu equipo sigue metiendo goles

Tampoco desaparecen las sonrisas, ni los buenos momentos, ni los instantes de mágica felicidad. Es más, hasta tu equipo favorito, ese por el que llevas una bufanda y gorro con los colores de su indumentaria hasta en los torneos de pretemporada en verano con 30º a la sombra, puede seguir ganando partidos. Aunque siempre menos de los que te gustarían a pesar de arruinarse en fichar aquel medio-centro ucraniano que era suplente en un equipo puntero de la premier inglesa.

Recordad: somos ya 6 millones y no seremos los últimos. Pero nuestra situación no nos impide besar a nuestros hijos, a nuestra anciana madre y a nuestra pareja y celebrar goles. Es más, casi seguro que ellos agradecen nuestro arrebato sincero.

Vaya, me ha salido un punto muy Frank Capra ¿no? y yo soy bajito y muy de izquierdas como para parecerme a James Stewart.

3. Puede mejorar y mucho, tu vida familiar

Enlazando con lo anterior y en mi caso personal -no os olvidéis que en el fondo de este texto estoy yo- mi vida familiar ha mejorado. Al no tener que estar atado a un inhumano horario laboral, puedo disponer mejor de mi oro. Y esta riqueza está invertida en llevar a mi niño al cole por las mañanas, pelearme con él para que se acabe el desayuno, para que se lave los dientes, para que se vista, para que se dé prisa que no llegamos, para que no se olvide del almuerzo y de la bolsa de gimnasia, para que se ate el cinturón del coche.

Me sé de memoria ese cd. de inglés con las lecciones del curso que nos ha aconsejado la profesora de inglés que le pongamos para que se le haga el oído a la lengua de Chaucer -eh, ¿a que pensábais que iba a decir Shakespeare?- que después de 300 veces resulta poco menos que inaguantable y todavía quedan 3 meses de curso… Help!!! Bueno, pues después de tan traumática experiencia auditiva el beso que te planta tu chaval después de decirle “venga bájate rápido que vienen los municipales e impedimos el paso” supone un instante de silenciosa felicidad que se plasma en una sonrisa cuando arrancas el coche. Pero este momento de feliz ensoñación se ve truncado por el frenazo acompañado de un toque de bocina que me veo obligado a realizar por aquel progenitor que hace una maniobra suicida para poder dejar a los niños cerca de la acera -eso sí me hace un gesto de la mano como pidiendo perdón- justo frente a la entrada principal del colegio y no más allá, a 10 metros, donde sí hay sitio para parar…

4. Otro pequeño placer en el que invertir tu tesoro es poder comer con tu pareja

Después de unos cuantos años comiendo con tus compañeros de oficina a base de tuppers con comida recalentada en el sucio microondas de la cocina de la oficina, sucio a pesar de los ignorados carteles que indicaban bien claro, pues no se había escatimado en el tamaño de fuente -por lo menos 72- y en el uso de las mayúsculas -pero no en comic sans- y en un mensaje nada sutil que el que ensucia limpia. No me interpretéis mal, me reía mucho en esas comidas, estaba muy a gusto. Y claro, siempre con prisas porque a “y cuarto” llegaba el tercer turno de comida, con lo que olvídate de comer el yogur. Después de todo eso, poder comer con alguien con quien sí está resuelta la tensión sexual es estupendo.

Y das por bueno el esfuerzo de poner la mesa, prepara la comida o, si se preparó el día anterior, calentarla en el microondas. Microondas limpio y sin cartel de advertencia claro, pues al no ser de uso comunal enseguida se descubre quién fue el que lo ensució, el culpable canta rápido.

Y el café de después de la comida acompañado con alguien que compartes muchas cosas y no la profesión sabe más dulce aunque a nosotros nos guste el café sólo y sin azúcar. E incluso puedes llegar a dar por bueno recoger los útiles sucios de la comida y meterlos al lavavajillas o fregarlos, barrer las migas del suelo y colocar los trapos de cocina bien puestos, en su sitio.

5. Tu eres responsable de recuperar la autoestima

Sí, nadie más que tú es capaz de recuperar la autoestima que te arrebató la diabólica empresa que te echo a los leones, y no es fácil conseguirlo. El pensamiento positivo es imprescindible que diría Elsa Punset. Pero ocurre que hay veces en los que ese pensamiento se pira por el desagüe o se va unos días de vacaciones. Son momentos de zozobra, cuando tenemos aquello que nosotros llamábamos VDM: Visión Desmoralizadora de la Vida. La vocecita interior que se dedica a darme ánimos se queda afónica y mi desánimo grita más alto. Es normal, a pesar de mis buenas intenciones y la visión positiva que tengo. Casi siempre hay momentos en que el famoso velo negro cubre mis ojos y desaparecen los colores y el cielo se nubla y las risas de los niños se acallan. En esos momentos -curioso, coincide casi siempre con los lunes- lucho por salir del fango que me llega hasta las rodillas apretando los dientes, me cuesta pero lo acabo logrando. Al día siguiente luce de nuevo el sol, eso sí, el bajo de mis pantalones están sucios…

El uso de “antidepresivos” ayuda. Recetaría cada 8 horas grajeas de algo de Queen o Elvis Costello. Belle & Sebastian viene muy bien. Y ya con Les Luthiers tu crisis se va por el retrete…

6. Basta de reproches encubiertos a los causantes de mi desgracia

Sí, basta ya. Quiero dedicar estos próximos puntos de mi dodecálogo a los agradecimientos.

De bien nacidos es ser agradecido dice el adagio y a pesar de todo y aunque no me creáis tengo cosas que agradecer a mis verdugos. Ya he hecho referencia a esto más arriba. Por ejemplo les doy las gracias por el tiempo que me han regalado. Rectifico: gracias por darme la oportunidad de poder aprovechar mejor MI tiempo. Es este un regalo más valioso que la indemnización. De acuerdo que de momento no me permite amortizar mis deudas como sí ha hecho el finiquito, pero y lo que me enriquece como persona ¿eh? Aunque esto sólo yo lo sé valorar. Yo y los que me rodean. Liberar las 8 horas y media diarias, menos los viernes que eran 6h.30´me permiten, entre otras cosas, poder escribir este texto que estáis ahora leyendo con fruición, pues mi elocuente prosa engancha. Texto, que quería parir desde hacía tiempo.

Gracias por este ejercicio de catarsis y por la pasta que me he ahorrado en el psicoanalista. Y de paso me sirve para aumentar el número de mis post escritos para “una docena de” y me da cierta fama y a vosotros regocijo. También visibilidad, que este un blog con mucho pedigrí y un éxito de crítica y público.

7. Gracias a ellos estoy más bueno y más cachas

Y ya que estoy condenado a la calle, mejor que estar endrogándome por las esquinas turnar mi tiempo libre en correr como una gacela por los rincones semiocultos de la campiña alavesa y parajes de belleza sin par que tan bién glosaba el compositor de melodías populares don Alfredo Donnay. También a entrenar mis biceps masivos a cubierto en el templo al cuerpo del Gym que es ahora mi segundo hogar. Y cuantos más grandes son mis músculos más pequeñas son las toallas que uso para secarlos. Es un espectáculo a disfrutar cuando voy apenas tapadito por una minúscula toalla, sin dejar nada a la imaginación, camino a la merecida ducha.

Este verano en la piscina las chicas jovencitas y las de mediana edad envidiarán sin disimulo a mi mujer por haberse liado con un apolíneo y bronceado Adonis. Mi chaval presumirá de aita joven y escultural delante de sus amigos y sus padres mirarán con envidia a esta escultura griega propia de Praxíteles en el periodo clásico: mis cincelados abdominales, mis deltoides, mis triceps y más músculos cuyo nombre ahora no recuerdo, pero que existen y que han surgido este invierno de entre la grasa para mostrarse con todo su esplendor tras horas de entreno intensivo en el gimnasio siguiendo las indicaciones de doctos monitores en esto del body building.

Y si a todo esto añadimos que he aprendido a patinar se completa el conjunto. Imaginadme rolleando sin camiseta, por el bici-carril, con una pantaloneta ceñida marcando lo innombrable y mi melena al viento. Ya si me dejo bigote seré el nuevo agro-icono gay de los 80. El Ron Jeremi vasco…

8. Gracias también porque ahora soy más culto

Pues sí, gracias. Dificilmente me ganará alguien al trivial o cualquier juego de mesa basado en preguntas y respuestas de cultura general. Los concursante de aquel longevo programa de la hora de comer de la 2 y de cuyo presentador todos bromean pues el tiempo no hace mella en su aspecto, son simples alumnos de la ESO si se comparan conmigo. Además de cincelar mi cuerpo y dejarlo como una obra digna de lucir en el Louvre he podido invertir mi tiempo en la formación de mi espíritu leyendo si no a los grandes clásicos del pensamiento universal si por lo menos a interesantes escritores con cosas que contar. He podido vencer a Jonathan Little y sus Benévolas, un epatante libro de 1100 páginas del que todavía me entran escalofríos cuando recuerdo las tribulaciones del doctor -en derecho, no es médico- Maximiliam Aue por el Este europeo durante la II Guerra mundial. Todo el horror nauseabundo de los pogromos de judios de Ucrania, Stalingrado y la imagen de los piojos abandonando los cadáveres como mareas negras. Auschwitz y sus descripciones del exterminio y el apocalíptico Berlín de final de la guerra pasa ante nuestros ojos contado con una frialdad y precisión que asustan. El pequeño Philip también me ha contado las vivencias de un niño judio en Nueva Jersey a principios de los 40 en la ucrónica “Conspiración contra América” de Philip Roth. E incluso Trias de Bes me ha aconsejado sobre los errores que no debo cometer si quiero emprender.

Pero no sólo he enriquecido mi espíritu con letras, también con música. Y entre toda destacan los sones del musical de “Los Miserables”. Quizás no exista mejor banda sonora para estos tiempos convulsos que la versión musical del libro de Victor Hugo. Estamos hermanados los desheredados de este país con los que ocupaban las barricadas de Paris de 1830 contra el poder absolutista del rey Carlos X. El caso es que llevo bastante tiempo con esta música, tarareándola a todas horas. Yo también soy la pobre Fantine. Aviso: no ver esto sin kleenex. Si no derramáis una lágrima, vuestro corazón es más duro que el del Golem. Cada vez que escucho Do you hear the people sing? estoy a punto de levantar una barricada allí donde me encuentre y con un mosquete en la mano como un Enjolras cualquiera seguir a esa señora buenorra que enseña un pecho mientras ondea la tricolor francesa. Hasta he descubierto a mi hijo alguna vez tarareando Castle on the Cloud… detalle que, lo confieso, me emocionó.

9. Gracias también a aquellas empresas que se dignaron en llamarme, pero luego me rechazaron

Sí, les agradezco su buena intención. Gracias por las entrevistas hechas y que no me han servido para cambiar de estado de desheredado a dueño de la tierra. Mis fracasos me han hecho ver que era cierto aquello que secretamente sospechaba: no estaba suficientemente formado para ser un candidato apetecible. Y que parece que la perfecta simbiosis de físico espectacular y mente privilegiada en la que me he convertido no ciega a mis entrevistadores. Y que detrás del vacuo oropel buscan chicha que agarrar. Algo más que un diseñador web con más de 15 años de experiencia.

Pero puede ser que lo que has visto les apetezca y quieran hincarme el diente, pero que el precio a pagar no les satisfaga. Quieren tener jamón serrano a precio de chopped. O pueden pensar: “Bueno, este jamón está bueno pero es muy caro, quizás el chopped también me alimente” y elijan a otro. O por otro lado: “el jamón no es malo pero me está pidiendo como si fuera jamón ibérico 5 jotas. Si tengo que pagar, pago. Pero un mejor jamón un verdadero jabugo que sepa HTML5 nivel desarrollador, jquery, django, css preprocessor…” o que sé yo.

10. Gracias por mejorar mi don de gentes

Sigo con mi lista de agradecimientos. Esta vez por mejorar mi don de gentes. Son algunos de los beneficios colaterales de mis ansias formativas. Ansias agrandadas por mis fracasos en la entrevistas laborales. Además de aumentar mis skills asistiendo a los cursos de SEO, de arquitectura de la información, de Joomla, de Responsive web design y de lo que se me ha puesto a tiro, he practicado mis cualidades sociales y desplegando todo el encanto personal del que soy capaz he aumentado mis redes de contactos que espero, mejoren mis espectativas laborales. Pero este networking no ha sido sólo gracias a los cursos. No. Las jornadas, eventos y saraos varios a los que he podido asistir también me han ayudado a conocer gente estupenda y ser conocido por gente estupenda. Que mi jeta les suene a los grandes ponentes y gurús para que, quién sabe, alguna vez se acuerden de mí cuando necesiten un desarrollador web.

El networking con una taza de café o cerveza también he practicado. Grandes cantidades de café que consumido con diferentes interlocutores. Buenos y productivos momentos. Gracias a mí la industria del café navega viento en popa a toda vela, como aquel bajel pirata de Espronceda llamado por su bravura “El Temido”…

11. Vamos a decir obviedades tralará

En relación a lo anterior voy a decir una obviedad: bajo el ala protectora de mama empresa se vive muy bien, pero se puede perder la perspectiva. Si mi empresa me pide contar hasta 10. Para qué saber más. Yo que siempre había tenido ciertas inquietudes por aprender cosas nuevas, disfrutaba en época de bonanza de mi estatus de diseñador web en la empresa. Daba lo que me pedían. Así que mi capacidad de aprender estaba dormitando en la seguridad de proyectos a la altura de mis conocimientos. Y muchas empresas no suelen fomentar la motivación del aprendizaje. No les suele apetecer gastar en formación de algo que en ese momento no les demandan. Para qué saber, por ejemplo de comercio electrónico o apps para móviles, si ningún cliente nos ha pedido nada por el estilo… Y cuando llega dicho cliente quizás no se esté bien formado para dar un buen servicio.

Pero llegó el triste día en el que las vacas flacas se comieron a las vacas gordas y cuando me vi de golpe y porrazo a la intemperie del mercado laboral fui consciente de que o me ponía las pilas o mi estancia en el bando de los expulsados del paraíso iba para largo.

Como soy de natural agradecido, no puedo dejar de constatar que el desdén laboral, sin mala intención, me resulta motivante. Y como mi tiempo dedicado a la formación y aprendizaje se reduce por mis obligaciones familiares, mi productividad ha mejorado. He adquirido una capacidad de concentración que desconocía que tenía. He recuperado la ilusión por coger el portátil y meter horas peleándome con el código para hacer Responsive mi sitio web -disculpad la autocita-. He vuelto a disfrutar con lo que hago. Qué grata sorpresa. He sido capaz de estar 8 horas delante del ordenador con mínimas paradas para atender las obligaciones de mi organismo, comer, beber, ir al retrete… Cosa que no siempre me ocurría durante mi etapa laboral. Siempre había un compañero, una reunión, un café o mi innata capacidad para la procrastinación que fastidiaban mi productividad.

12. En resumen

Con todo lo comentado, resumiendo, no puedo dejar de agradecer a todos aquellos que no han confiado en mí, pues mis capacidades profesionales crecen y me hacen un mejor candidato para empresa o mejor freelance. ¿No lo había comentado antes? La labor de freelance es otra que me llama y hacia la que estoy encaminando mi destino profesional. Es más, a todos aquellos que me preguntaban sobre mi futuro siempre decía en primer lugar el autoempleo.

Pero, debo ser un proveedor de servicios fiable y para ello he de aumentar mis conocimientos profesionales para mejorar mis ingresos. O quizás no. Quizás no hay una relación directa entre conocimientos e ingresos. ¿Sabes mucho? pues toma, más dinero. Quiero creer que es así, pero mi pobre experiencia me muestra tozuda que la curva ascendente de mis conocimientos coincide con la descendente de mis ingresos. Hay una relación inversamente proporcional entre lo que aprendo y lo que me llevo a fin de mes.

Resumiendo: cuanto más sé, menos gano. Menos mal que soy paciente y estoy convencido que esto que estoy sembrando semillas de conocimiento, que germinarán y disfrutaré de una rica cosecha de dinero…

Me reafirmo: cuanto más valgo, menos cuesto. Es triste, pero es, de momento, cierto. Cuando empecé en esto costaba muchísimo más que lo que valía. Como éramos pocos los que sabíamos algo de diseño web -en aquel momento, la abuela todavía no había parido- nuestro precio fue poco a poco creciendo. Aunque no os penséis, antes tampoco estábamos bien valorados, eramos los “pinta-monas”, como dijo un antiguo jefe mío con ese acento madrileño tan gracioso.

Y llegó un momento por el año 2000, a punto de estallar la famosa burbuja, que nuestro precio al peso era desorbitado. Ni que estuviéramos hechos de trufa blanca, oiga. Y nosotros lo disfrutábamos pensando que todo el campo era costoso orégano. Con el estallido de la burbuja la tendencia varió trágicamente. Las acciones de sus empresas que nos prometían los jefes demostraron estar hechas del mismo material con el que se abonan los campos. Además, se puso de moda currar en esto y otros muchos se unieron petando el mercado de la creatividad web -ahora sí parió la abuela, septillizos por lo menos-.

Y la realidad nos dio en la cara una buena hostia, dejándonos KO y en puto paro ganando la mitad. Algunos no nos hemos recuperado, no hemos vuelto a ganar tanto dinero, sabiendo ahora 100 veces más de lo que sabíamos antes y siendo 100000 de veces mejor profesional. Valemos mucho más de lo que costamos ¿os habéis enterado ya empresas del mundo?



Y esto es to, esto es to, esto es todo amigüitos. Puedo plantearme que si el desarrollo web no da la espalda pruebe en el proceloso mundo de las letras. He demostrado que tengo gentil caletre en escribir tonterías. Este texto es una prueba.

He de puntualizar que en aras del enriquecimiento textual quizás haya dramatizado algo lo contado y no se ajuste exactamente a lo que en realidad sucedió. Me debo a la literatura y ahora me he vestido con las galas del escritor y no con la toga de historiador. Cuando la realidad supera a la ficción, se escribe la leyenda decían de un héroe fordiano. Es la inspiración que hoy me ha visitado la culpable de todo esto. Es como aquellos alpinistas que esperan a que se les abra una ventana de buen tiempo para hollar la cima de una alta montaña. Yo tengo que esperar a que la inspiración me visite y se me abra la ventana de la creatividad para culminar la cumbre de este post.

Y si alguien se siente ofendido por lo aquí escrito que no se me enfade, no es cosa mía. Quizás haya exagerado algunos aspectos, pero todo en aras de hacer más atractiva la historia. Reprochádselo a las musas, yo sólo soy el intermediario entre ellas que me dictan al oído y vosotros mi fiel público.

Genuflexión de este miserable mientras cae el telón…

La fotografía destacada tiene licencia Creative Commons.


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Sobre Carlos Pérez de Mendiola


“Yo es que... ¡soy de letras!” se excusa permanentemente este licenciado en Bellas artes que trabaja como diseñador web freelance (obrero del diseño, dice él). Y efectivamente es de letras y militante: arte, literatura, historia, cine... Aunque siempre guarda un momento para hacer deporte e incluso correr. En su poco brillante cv hay 4 maratones, uno de sus pocos orgullos... Por cierto, la excusa a veces le funciona...