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Una docena de recuerdos viejunos del verano
- by Celestino Martínez
- julio 6, 2012
Ahora que nuestros hijos acaban de comenzar sus vacaciones escolares, a los que tenemos cierta edad nos da por perder la mirada en el infinito y recordar aquellos veranos setenteros, mientras lanzamos profundos suspiros.
Quienes vamos entrando en el viejunismo, no hemos tenido veranos tan glamurosos como los de “Aquellos maravillosos años”, ni tan irreales como los de “Verano Azul”, aunque a fuerza de reposiciones ya no distinguimos nuestros recuerdos originales de las andanzas de Pancho, Javi y compañía.
Así que es un buen momento para compartir recuerdos, suspiros y consuelos varios.
1. Ir al pueblo

Entre mi círculo de amiguetes y compañeros de clase no existía otro concepto de vacaciones que “ir al pueblo”. Todos teníamos pueblo, y muchos pasábamos allí los tres meses del verano mientras nuestros padres se quedaban trabajando.
2. Playa, río o piscina

En aquellos años, lo más parecido que había al aire acondicionado era un ventilador, así que el calor se combatía pasando el mayor tiempo posible sumergido. Playa, río, piscina, pantano o cualquier acumulación de agua de profundidad mayor a un palmo valía.
3. Acostarse más tarde

Uno de los atractivos del verano era disfrutar la noche, cosa prohibida el resto del año. Tanto si había fiestas como si se alargaba la sobremesa de la cena de los mayores, vivir la noche era una sensación increíble. Si, además, se juntaban un par de linternas y unas historias de terror, no se podía pedir más.
4. Tus primos

Las familias de nuestros padres habían sido las últimas familias numerosa del siglo XX, por lo que el “ecosistema rural” se poblaba de una numerosa colonia de primos, al sumarse a los oriundos aquellos llegados de todos los rincones de España, y no pocos del “extranjero”. La experiencia era enriquecedora para todos y se hacían grandes amistades para toda la vida.
El apartado primas da para otra docena y no seré yo quien lo cuente…
5. Excursiones

Una de las cosas que se hacía con los primos y los amiguetes del pueblo, era organizar excursiones. Pero nada de excursiones culturales ni turísticas, más bien “excursiones cafres”: visita a la casa abandonada donde supuestamente vive un fantasma, excursión a la cueva de turno en la que se supone que mataron en la guerra a nosecuantas personas, allanamiento de la propiedad de nosequién para subirse a los árboles frutales y ponerse ciegos a comer la fruta que nunca comemos en el plato..
6. El cine

La televisión, por aquel entonces, era un aparato no muy grande, en blanco y negro, con una sola cadena y que terminaba su emisión pasada la media noche. Los niños no podíamos ver la mayoría de películas porque no estaban autorizadas (esas cosas de los rombos…).
Sin embargo, el cine tenía una pantalla enorme, de vivos colores, y con un atronador sonido. En aquellos tiempos era uno de los más grandes espectáculos que podíamos disfrutar. Matinales, sesiones dobles, cines de verano… nos apuntábamos a todo.
7. El circo

Algo parecido pasaba con el circo. No era fácil ver espectáculos, ni animales exóticos o números de malabares, y habrían de pasar unos cuantos años hasta que se crease El Circo del Sol, así que que asistir a un espectáculo de circo era abrir la puerta a la fantasía y a un mundo de personas con habilidades extraordinarias.
8. Los inventos

Los niños de aquellos años no teníamos tantos juguetes como tienen nuestros hijos, pero nos sobraba imaginación y teníamos espacios donde construir nuestros inventos: cabañas de carton, pinballs de madera y gomas o cualquier cachivache transformado.
9. Las comidas colectivas

A veces eran sólo de tu familia, otras veces se montaban en la calle, generalmente en fiestas, y se juntaba la comida con la cena, mientras que se sucedían los chistes, las inevitables canturriadas y los debates acalorados mientras los mayores jugaban “la partida” pertrechados de copa y Faria.
No era infrecuente, para los más espabilados, aprovechar el barullo para catar un trago de cerveza,vino, café o anís, bebidas a las que teníamos el acceso prohibido, aunque no la actual “tolerancia cero”.
10. La canción del verano
Ahora hay mucho más acceso a la música y todo nos parece poco pero, en los setenta, había poco más que la radio y los “tocadiscos”, así que la variedad musical era muy corta.
La canción del verano se terminaba convirtiendo en una pesadilla que sonaba varias veces al día, aunque algún año hubo suerte y fue de mi gusto.
11. Helados

Los chavales de ahora tienen la posibilidad de comer helados todo el año, pero antes esto sólo era posible en verano y la variedad era escasa. Al principio nos conformábamos con los típicos “polos de hielo” y no había muchos más, pero empezaron a llegar los “grandes éxitos de la heladería viejuna”: Drácula, Colajet, Frigodedo, Frigopie, Twister, Calippo…
12. La Feria o Barracas

Faltaban muchos años para que se inventase la primera consola de videojuegos, así que subirse a los “coches choque”, al Balancé, a la noria, al Pulpo o disparar con escopetas de balines a unos palillos para conseguir unos regalos que nos daban igual, era uno de los acontecimientos más emocionantes del año.
Ahora con tanto simulador y jueguito, los niños se duermen.
En fin, es posible que sea cierto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, pero lo cierto es que muchas de aquellas vivencias han determinado lo que somos ahora y han condicionado, para bien o para mal, nuestra manera de entender el mundo.
Fotografía destacada de phlubdr, con licencia Creative Commons. br> br>
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Sobre Celestino Martínez
Es asesor, formador y conferenciante. Lleva más de 20 años dedicado al mundo de las ventas y el retail. Escribe en publicaciones profesionales de marketing, retail y personal branding de España y Latinoamérica. Su blog ha ganado los Premios de la Blogosfera del Marketing en 2012.















