De un tiempo a esta parte, no pasa un día sin que los medios catalanes y españoles alberguen noticias, debates u opiniones sobre el auge del independentismo catalán. Lo que no es seguro es si siempre lo hacen con toda la puntería deseable. En particular, parte de la prensa repite a diario lo que a nuestro entender es un topicazo: el de una Cataluña presentada como una especie dictadura étnica donde el independentismo vendría a ser el golpe de gracia contra unos sufridos y silenciosos castellanohablantes. En realidad, el independentismo catalán está cimentado en un patriotismo cívico donde lo habitual es encontrarte Garcías, Pérezs, Nadals, Piqués y, cada vez más, Mohameds y Zhangs. Todos “arrejuntaos” y, frecuentemente, con un apellido de más aquí y otro de un poco más allá. No podría ser de otra manera: en un país donde el 55% de los ciudadanos tiene el castellano como lengua materna, difícilmente un movimiento político puede ir a ningún lado sin una buena tropa de castellanohablantes. Estas líneas las escribimos dos de esos castellanohablantes independentistas, invisibles para la prensa madrileña: un Rodríguez socialista y un Pérez republicano. Con nuestra identidad plural a cuestas, apostamos sin aspavientos, pero con convencimiento, por una República Catalana independiente.
Aquí, una docena de nuestras razones. Las principales, que no las únicas.

1. Para que las decisiones democráticas en Cataluña sean respetadas

Cataluña tiene una voluntad de auto-gobernarse que no le viene de ayer: el catalanismo, mayoritario y transversal a izquierda y a derecha, tiene dos siglos de historia a sus espaldas. La última vez en que se trató de conseguir el famoso “encaje” del auto-gobierno catalán dentro del marco del Estado autonómico fue con el nuevo Estatut aprobado por el Parlamento catalán en 2005, solo para ser recortado primero en las Cortes Españolas en 2006 y por el Tribunal Constitucional en 2010. Ahora que una amplia mayoría de la sociedad catalana, independentista o no, aspira a la celebración de una consulta democrática sobre la independencia, PP y PSOE (y UPyD) son unánimes en su respuesta: “no.” Lo cual, paradójicamente, no ha hecho sino confirmar a cada vez más gente precisamente la convicción que está en la raíz del auge del independentismo: que, dentro del Estado español, no hay manera de que las decisiones democráticas de la ciudadanía de Cataluña se respeten.

2. Para acabar con un trato económico injusto

Cataluña es uno de los territorios económicamente más desarrollados del Estado español. Siendo así, es normal que contribuya más que otros a la caja común. Lo que no es justo es lo siguiente: Cataluña representa el 16% de la población del Estado, produce el 20% de la riqueza, paga el 24% de los impuestos y recibe el 10% del gasto público. La desproporción es evidente, máxime teniendo en cuenta que una cosa es que Cataluña, globalmente hablando, sea una de las comunidades más potentes a nivel económico, y otra muy distinta que sus habitantes sean “ricos”. Los catalanes no están menos necesitados de sanidad, educación o infraestructuras que los ciudadanos de cualquier otra comunidad autónoma. Por lo demás, este trato económico injusto se expresa también en la obsesión por convertir a Madrid en el centro económico que nunca fue, en detrimento de Barcelona, ya sea firmando tratados en materia de navegación aérea que perjudican deliberadamente al aeropuerto del Prat, o intentando poner en marcha un Corredor de mercancías vía Madrid en el que nadie cree y que únicamente obstaculiza al Corredor Mediterráneo.

3. Para construir el Estado del Bienestar que necesitamos

La carga fiscal en Catalunya es parecida a la de los países más avanzados de Europa, mientras que es una de las regiones de Europa y la región española con un estado del bienestar menos desarrollado (tenemos el récord de menos trabajadores públicos por ciudadano y por trabajador). Esta situación se explica por tres razones, el déficit fiscal, la competencia por efectos de capitalidad que tiene Madrid (y que no corresponde a una “maldad” española: las capitales de los estados y su región circundante tienen beneficios económicos y concentran más servicios públicos sólo por serlo) y porqué las instituciones e indicadores económicos siguen indicadores españoles y no catalanes. Siendo independientes, si los catalanes decidimos seguir teniendo una gran carga fiscal esto redundará en mejores servicios públicos en Catalunya, no como actualmente en el que la financiación autonómica está fuertemente desligada de la carga fiscal que se aplica en cada territorio. Barcelona y su entorno tendrá los beneficios de capitalidad, y los indicadores socioeconómicos con los que se regulan sueldos, precios públicos, o ayudas sociales se adaptarán a la realidad económica catalana.

4. Por el simple hecho de que así lo pueda querer una mayoría de catalanes

La principal razón para que una comunidad política se constituya como un estado independiente es que los ciudadanos que la forman se autoidentifiquen como miembros de esa comunidad y deseen constituir un estado. Más de un 80% de catalanes estamos a favor del derecho a decidir (y por tanto consideramos que la comunidad política que ha de decidir es la catalana); ergo, la primera condición ya se produce. No sabemos si una mayoría de catalanes queremos la independencia o no, pero si expresamos ese deseo de forma mayoritaria (por ejemplo, en una consulta) y lo sostenemos a lo largo del tiempo, ahí estará el principal motivo para la independencia de Cataluña. Insistimos: el principal motivo para la independencia de una comunidad política es el deseo de esta comunidad política para ser independientes; los islandeses, los noruegos o los eslovacos sólo tenían ese motivo y ni los daneses, ni los suecos ni los checos se lo impidieron o les pidieron más razones.

5. Para acabar con los falsos debates identitarios

Como en cualquier otra sociedad moderna, abierta y culturalmente diversa, los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña habitualmente debaten sobre su cultura, su identidad y el papel de esta en el cambiante mundo globalizado en el que vivimos. Estos debates se desarrollan partiendo de algunos puntos de consenso que poca gente discute: que Cataluña es una tierra plurilingüe donde el castellano tiene una presencia mayoritaria y el catalán una función cohesionadora y un estatus como patrimonio común; que el catalán ha sido históricamente perseguido y/o marginado, y que eso requiere de una cierta acción correctora por parte del gobierno autonómico; o que la lengua vehicular en la enseñanza debe ser el catalán. Como es normal, existen voces (muy minoritarias) que legítimamente discuten estos consensos, y que tienen a su disposición todos los mecanismos de una sociedad democrática para expresar esta discrepancia. El problema es que desde la prensa madrileña y las instituciones españolas se amplifica la voz de los más exagerados de entre los que discrepan, y se insinúa constantmente la existencia de una especie de “persecución del castellano” o una “discriminación de los castellanohablantes” que solo existe en la imaginación de los que se la inventan. Los que escriben esto, un Pérez y un Rodríguez, castellanohablantes que aprendieron el catalán en la escuela y no lo empezaron a usar en serio hasta que les empezó a salir barba, dan fe de ello. Así como de la rabia que nos da a la inmensa mayoría de los castellanohablantes que se nos use como argumento en una discusión falsa sobre un problema que no tenemos.

6. Para garantizar la continuidad de una sociedad abierta, plural e intercultural

En Catalunya hemos construido un modelo de convivencia casi inédito en el mundo. Contamos con un bilingüismo real (no territorial). En nuestra sociedad la mayoría de la gente participa de dos identidades nacionales, y un porcentaje muy alto de inmigración se ha integrado en ella sin demasiados problemas. Somos una de las regiones de Europa con mayor pluralidad política (tenemos el Parlament más multipartidista y menos bipartidista de todo el estado español), social, lingüista y cultural. En nuestro Estatut reconocemos incluso minorías políticas territoriales y sus instrumentos de gobierno como los del Vall d’Aran. Hemos logrado esta convivencia mediante la integración y el pacto, mediante acuerdos políticos y sociales. Los símbolos del catalanismo son transversales, son aceptables por personas que se sienten tan españolas como catalanas, están integrados a izquierda y derecha del espectro político y cuajan en todos los sectores sociales, mientras que los símbolos del españolismo son hoy en día excluyentes, atractivos solo para una parte muy concreta de la población. Esto hace que nuestra sociedad no sea una sociedad confrontada entre “gente que sólo se siente española y vive en castellano y gente que sólo se siente catalana y vive en catalán”. Toda esta pluralidad social y política está en riesgo a causa de los movimientos recentralizadores, y siempre depende de la voluntad de un Tribunal Constitucional o de un gobierno central en el que los catalanes tenemos poco poder de decisión. La única manera de garantizar que las instituciones españolas no puedan romper esa capacidad convivencial y de pacto social es a través de la independencia.

7. Para acabar con la instrumentalización de la comunidad castellanohablante y garantizar un verdadero plurilingüismo

En Catalunya hay bilingüismo. Así lo indican todos los estudios al respecto. Los niños catalanes salen de las escuelas con tan buen nivel de castellano como el resto de niños de España, y el catalán tiene unos niveles parecidos de conocimiento gracias a la política de inmersión lingüística. Los que se oponen a esta herramienta en nombre del “bilingüismo” son, precisamente, los que no quieren ni ser bilingües ni que lo sean sus hijos. Propuestas como la de la futura ley Wert, o recientes sentencias del TC amenazan, por tanto, el único modelo que garantiza el bilingüismo y evita la diglosia (la segregación social y de uso social de los idiomas; por ejemplo, tener un idioma para tratar con la administración y otro para conversar por la calle). Los castellanohablantes no tenemos problemas de orden lingüístico en Cataluña. En cambio, desde fuera de Cataluña se nos intenta instrumentalizar. Estamos cansados que se nos utilice como herramienta para construir un modelo de sociedad y educación en el que nosotros y nuestros hijos no seríamos bilingües sino a la práctica monolingües castellanohablantes.

8. Para facilitar la reforma de España y Cataluña

Como cualquier reforma política, la Transición tuvo cosas buenas y cosas malas. Sin embargo, el impás político y económico que vivimos expresa una necesidad imperiosa de reforma del modelo de Estado heredado de la Transición, reforma que se vE constantemente bloqueada por las derechas española y catalana, las cuales frecuentemente agitan las banderas nacionales como herramienta para tapar los problemas sociales. Esta apelación al patriotismo como excusa para no cambiar nada no terminará hasta que “el problema catalán”, que para nosotros los catalanes es “el problema español”, no se resuelva; y, como hemos podido ver con la reciente reforma del Estatuto, esa resolución no llegará por la vía de un “encaje” de Cataluña en España. Hace falta una consulta democrática para que los ciudadanos de Cataluña decidan, simplemente, si quieren o no permanecer en España. Y en esa consulta, nosotros votaremos “sí”, para allanar el camino de la reforma tanto de España como de Cataluña.

9. Para que España pueda crear un modelo territorial que se adapte a la realidad de la mayoría

El modelo de estado de las autonomías español no se puede entender sin el motor catalán y del resto de comunidades históricas. Más allá del modelo vasco y navarro con su excepcionalidad fiscal, el resto de CCAA ha ido adaptando sus competencias y sus Estatutos al impulso que han ido marcando los avances descentralizadores de Catalunya. Se ha construido un modelo de estado de las autonomías basado en la pugna entre políticos catalanes que presionaban para conseguir más competencias y un gobierno español que cedía pero teniendo el control final (por ejemplo, teniendo el control fiscal), a la vez que el resto de CCAA han intentado ir a la zaga en cada una de las competencias que se hayan ido cediendo a Cataluña. Esto ha generado un modelo que tiene numerosos problemas, en el fondo improvisado y que responde a dos lógicas totalmente distintas: la de Cataluña que empuja hacia un estado federal y la del resto de CCAA que buscan una descentralización administrativa y competencial, pero sin ir más allá. Este modelo es malo para Cataluña pero también para las autonomías, genera incentivos perversos, redes clientelares en los grandes partidos, pugnas de poder que no aportan valor. España se merece un modelo de descentralización que no esté distorsionado por la relación Cataluña – España. La independencia de Catalunya es la oportunidad para España y sus regiones de construir un modelo autonómico que responda mejor a la realidad social y política española.

10. Para tener voz propia en Europa y en el mundo

Con frecuencia, desde Madrid se acusa al independentismo de ir contra los vientos de la historia, contra la realidad de un mundo globalizado. Lo cierto, no obstante, es que al final de la Segunda Guerra Mundial existían poco más de 50 estados en el mundo; al final de la Guerra Fría, ese número había aumentado en aproximadamente un centenar y hoy en día existen 194 estados en el mundo. La globalización, pues, no sufrirá ningún revés por el hecho de que aparezca el Estado número 195. En realidad, la progresiva desaparición de las fronteras económicas y la creación de instituciones internacionales hacen cada vez más eficientes a los Estados pequeños, capaces de combinar la apertura internacional proporcionada por la globalización, con la proximidad hacia sus ciudadanos y ciudadanas. Por así decirlo, queremos ser tan independientes como lo son Dinamarca, Austria o los Países Bajos. O como lo es España, por cierto.

11. Para reforzar la Europa mediterránea y establecer un puente con la del norte

Ni los retrocesos en derechos sociales, laborales y civiles que se impulsan desde los países del este de Europa, ni las políticas de austeridad impulsadas desde los países del centro de Europa, tienen un contrapeso suficiente en los cuatro países mediterráneos de la UE. España, Italia o Portugal necesitan más aliados. Dado que en la UE la voz que cuenta es la de los Estados, con independencia de sus dimensiones y población, el tener un ministre d’economia de Catalunya en las reuniones del Consejo de Europa puede ayudar a los intereses de los ministros de economía de Italia, España, Grecia o Portugal. En este caso la división nos otorga más fuerza a darnos una voz más en los órganos de gobierno europeo. Por otro lado, Cataluña, siendo un país mediterráneo, ha experimentado no obstante, en carne propia, lo que es aportar recursos a un Estado que frecuentemente los ha malgastado, por ejemplo, en infraestructuras tan mastodónticas como innecesarias. Estamos, pues, preparados para entender las inquietudes que en el centro y en el norte de Europa generan los problemas estructurales de las economías del sur. Podemos ejercer, por lo tanto, de puente entre “las dos Europas”, más necesitadas que nunca de diálogo.

12. Porque para España y Cataluña no hay alternativa a hacerse mayores

Como hemos ido diciendo antes, la reciente reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña, el debate visceral que se generó a su alrededor (más en España que en Cataluña, por lo demás), y los sucesivos recortes de que ha sido objeto constituyen el enésimo ejemplo de que el “encaje” de Cataluña en España es una quimera. No es una cuestión de mala fe por parte de nadie, sino de que a ambos lados del Ebro tenemos maneras fundamentalmente incompatibles de entender conceptos como “nación” o “Estado”. A este lado del Ebro, la mayoría hemos aspirado históricamente a que España se pareciese, digamos, a Suiza; mientras que al otro lado del Ebro el modelo preferido ha sido Francia. Va siendo hora de que todos juntos maduremos y entendamos que el otro tiene derecho a ser como es, y que ninguno de los dos tiene derecho a exigir que sea el otro el que cambie. Va siendo hora de que dejemos de ser malos compañeros de piso y pasemos a ser buenos vecinos.

Nota de la editora:
Este artículo está escrito por Lluís Pérez Lozano, nacido en 1985 en Esplugas de Llobregat y vecino de toda la vida del Prat. Licenciado en Sociología y actualmente trabajando como investigador y profesor en Ciencia Política en la Universitat Pompeu Fabra, donde está realizando su tesis doctoral. Militante de ERC y de sus juventudes desde 2006, y miembro de la Ejecutiva Nacional del partido desde 2011. Y por José Rodríguez, @trinitro, Nació en Barcelona en 1976. Licenciado en Física por la UAB, Máster en Sociedad de la Información por la UOC y DEA en sociología por la UOC. Militante del PSC desde los 23 años ha ejercido diversas responsabilidades entre otras ha sido responsable de ciberactivismo en la ejecutiva del PSC de Barcelona.

Fotografía destacada vía Shutterstock.


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Lluís Pérez Lozano

Sobre Lluís Pérez Lozano


Nacido en 1985 en Esplugas de Llobregat y vecino de toda la vida del Prat. Licenciado en Sociología y actualmente trabajando como investigador y profesor en Ciencia Política en la Universitat Pompeu Fabra, donde está realizando su tesis doctoral. Militante de ERC y de sus juventudes desde 2006, y miembro de la Ejecutiva Nacional del partido desde 2011.