Cuando las veo y las experimento no puedo sino enternecerme, emocionarme. Me sorprenden en medio de un día cualquiera, cuando inmerso en el bucle sin fin de las semanas, me doy cuenta de que he perdido el norte, la perspectiva, mi centro. No sé, si como decía Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza”, o si como mantuvo Hobbes en el Leviatán, “el hombre es un lobo para el hombre”. Lo que sí sé, como escribía Galeano en su “Libro de los abrazos”, es que la vida humana es un mar de fueguitos. Que cada persona brilla con luz propia entre las demás. Que hay fuegos grandes, fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Gente con fuego sereno y gente de fuego loco. También fuegos bobos, que no alumbran ni queman. Y hay otros que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Por eso cuando veo este damero de profesiones, personas, gestos, situaciones, lugares y actitudes que ahora relataré, recupero el aliento y pienso que somos brasas a la espera de que nuestra olvidada humanidad, reactive el fuego perdido que aguarda paciente ser despertado.

1. Apartarse al paso de las ambulancias

Un minuto antes has sentido cómo se dilataban las venas de tu cuello porque el coche de delante tardaba dos segundos más en arrancar al cambiar de color el semáforo. Ahora suena la sirena de una ambulancia y te apartas solícito, te cambia el semblante, piensas que en esa ambulancia podías ir tú, tu pareja, tu hijo… y ahí te das cuenta de que dos segundos son nada y lo son todo.

2. En los cementerios

Para mí los cementerios no son un lugar trágico, sino más bien un espacio acogedor y sagrado, el espacio de los muertos en la que los visitantes recuperamos nuestra fibra humana, yendo a alimentar con la energía de la memoria a los que nos antecedieron y nos permitieron con sus grandezas y miserias ser lo que somos.

3. En el monte

Te cruzas camino de una cumbre, coincides en una fuente llenando tu cantimplora y saludas, buenos días, buenas tardes. Te orientan con amabilidad si has perdido la ruta. Incluso he compartido frutos secos y agua. Son desconocidos, nunca los has visto, a lo sumo te suena su cara y puedo que no los vuelvas a ver. La naturaleza recupera al campesino que fue algunos de nuestros ancestros, gente sencilla, noble, sin rebotica.

4. En los hospitales

Tengo el recuerdo sellado de salas de espera. Paseos circulares con la mirada volviéndose a cada minuto hacia la puerta del quirófano esperando las noticias del cirujano. Noches al lado de máquinas de café donde un desconocido te invitaba a un chocolate y te preguntaba a quién tenías allí. Te escuchaba. A partir de ahí, te lo encontrabas por la calle y te saludaba, te preguntaba por tu madre, y tú por su mujer… y quedaba la hermandad de haber estado juntos por unos días, por unas noches, en la trinchera que separa ambos lados del río.

5. Con los niños

Estábamos malhumorados en la cola del hiper. Una agobiada cajera y veinte clientes esperando para pagar. Y un niño, apenas cinco años, jugando a dirigir el tráfico de la cola como un policía urbano. Además llevaba un silbato. Y veinte mayores se olvidan de su cesta de la compra y de la cola, y juegan con el niño que como jefe de pista nos convierte en sus figurantes. Mil ejemplos como éste. Los niños son espejos en los que nos vemos sin máscara, para volver por unos minutos a convertir una escoba en una espada. Los niños como los animales viven en un presente absoluto, por eso nos enternecen.

6. La distancia

La lejanía, poner espacio y tiempo de por medio, nuevos lugares y nuevas personas, nos hace saborear lo que tenemos delante de nuestros ojos, sólo por lo que momentáneamente hemos dejado atrás. Viajar tiene sentido porque volvemos. Somos un ser de lejanías, y ésta nos da la perspectiva para darnos cuenta de los que nos quieren y nos esperan. La lejanía nos desnuda, nos humaniza.

7. Los cuidadores de otros

Son enfermeras, trabajadores sociales, médicos, religiosos, voluntarios, cuidadores a domicilio… Cuando veo a alguien que aun siendo su profesión, cuida o asiste a otro, me siento eufórico. No les conocen, puede que nunca más les vean y que no reciban gratitud a cambio, sin embargo son vigías y centinelas entre la vida y la muerte, entre el dolor y la desesperanza…

8. Los camareros

Un camarero te cambia la vida, y no por los espirituosos o las delicias culinarias que te pueda servir, sino porque aunque no te arregle tus problemas, te puede cambiar el humor. Ya no podemos tener a mamá para que nos ponga sin demora un café con leche o un plato de lentejas, y el camarero con su amabilidad, su ironía o su silencio nos reconcilia de un mal día.

9. Las sopas y los caldos

Las sopas y los caldos me devuelven la confianza y la certeza: cuando los tomo me siento mejor persona. Si son calientes me dan la seguridad de sentir mi cuerpo confortable y seguro, ya que como decía un profesor mío, “la mente no asimila lo que el culo no tolera”. Si son frías, conectan mi estómago con mi memoria de estampas playeras, el relajo del verano incesante en el que me gustaría vivir.

10. Volver al lugar donde te criaste

Puede que lo tengas cerca, que aún sigas viviendo allí o por el contrario muy lejos. Pero sea como sea, andar sobre nuestras propias huellas, volver a las aulas donde descubriste la lectura, al parque de los juegos y las carreras, pararte frente a la tienda de chuches que ahora con probabilidad será un bazar, o entrar al bar donde por primera vez experimentaste el sabor de la cerveza, nos recoloca. El presente es siempre el futuro del pasado: lo que eres hoy tiene que ver con lo que fuiste ayer. Pero si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro. Lo dijo Churchill.

11. El fuego y el mar

Toda casa debería tener una chimenea y un ventanal al mar. Porque venimos del agua y porque el fuego nos permitió sobrevivir como especie, poderlos mirar nos devuelve al tiempo ralentizado en el que no había relojes ni calendarios. Por eso buscamos con desesperación la comida casera, las casas rurales y los pueblos perdidos, porque añoramos encontrar el buen salvaje que fuimos, el homo que se deslumbró con la primera chispa y la primera ola.

12. Una docena de razones para no seguir confiando en las personas y en el mundo

Sólo para contrarrestar éstas, de las que encontramos cada día doce docenas de docenas, enfocados como estamos en lo que falta y no en lo que hay, necesitamos este ramo de doce rosas.



¿Por qué sobrevivir si se puede vivir?

photo credit: Angelo González via photopin cc


Unadocenade también está en Google Currents. Suscríbete.
Los post de Unadocenade se pueden republicar siempre que respetes nuestras condiciones de republicación.

Sobre Patxi Rocha del Cura


Siempre tuve claro que estudiaría Psicología: me interesaba, en mi ingenuidad, llegar a desentrañar el lado oculto del ser humano, y he hecho de ello mi profesión. Y hace unos diez años descubrí el Coaching, mi trabajo como facilitador, formador o como nos quieras llamar a quienes ayudamos a otros a cambiar su mirada y sus actos. En INN ROCHA no creemos en modelos predeterminados ni en soluciones mágicas. Sí en formar equipo con nuestros clientes para trabajar conjuntamente desde la cercanía y la transparencia, posibilitando alcanzar los resultados deseados.