El otro día hablando con unos amigos me di cuenta de que hay ciertas actitudes de algunos seres humanos que son bastantes molestas en general para la gente, no sólo para mí; y que son más comunes de lo que deberían. He aquí las 12 que más repetidas en la conversación:

1.     Los que aparcan ocupando dos plazas

El credo de esta gentuza debe de rezar algo así: por mis santos cojones, por que los tengo “cuadraos”, porque me sale de la punta del nardo, porque me la pela todo hijo de vecino, por que los tengo como el caballo de Espartero… y así hasta el infinito. En resumen: yo aparco así y que se joda el imperio. Luego llegas tú, a las 11 de la noche, cansado como una mula, llevas media hora dando vueltas buscando donde aparcar y ves esto. El subnormal de turno aparcado sobre la línea que delimita la plaza de aparcamiento, con lo que no puedes aparcar ni a su derecha ni a su izquierda. Os juro que me comen los demonios. Me dan ganas de bajarme y reventarle el coche a patadas o que el próximo coche que me compre sea un Hummer y aparcar directamente sobre el coche de estos impresentables.

2.     Los que no ceden su asiento a un anciano

Estos ya casi están en la categoría de “patada en la boca”. Hay que ser muy hijo de puta para ir en el metro, bus, etc… ver subir a un venerable anciano y hacer que no lo has visto agachando la cabeza como la vil alimaña que eres, haciendo que estás totalmente absorto en una lectura trascendentalísima en tu e-book o tu i-Phone. Valientes bastardos. Espero que el karma instantáneo haga que cuando bajes del bus te partas la crisma y venga un ciego con su perro guía y se mee sobre tu fabuloso y mega caro i-Phone 5 super-plus-antichoque-calenadario-GPS.

3.     Los que comparten sus miserias a gritos en un lugar público

Otros que tal bailan. Son este tipo de personas que aprovechan cualquier oportunidad para entablar conversación con alguien y vomitar todos sus desaires personales o con el mundo en general, en el metro, en una cafetería, en la cola del banco: que si fulanito me bloqueó en el Facebook; que si menganita no tiene donde caerse muerta pero lleva ropa de marca; que si, fíjate tú, que el otro día el médico no me hizo ni caso… Si es que… pobrecillo, eres una víctima del sistema y un incomprendido. De vez en cuando alguien le lanza una mirada amenazadora, con el mensaje: “porqué no te callas”, pero es en balde. Parece que ese gesto les ayuda a envalentonarse y a desgañitarse aún más, si cabe. Al final cruzas una mirada cómplice con otro usuario del tren en la que  os decís en silencio: “¿les das tú o le doy yo?”

4.     Los que no recogen las mierdas de sus perros

Es lo que hay. Si tu perro caga en la calle (un lugar público), es tu deber recogerlo. Es así de simple. Y si no, haber elegido muerte o haberte comprado un pez, que ya hacen pis y caca en el agua,  y si molestan a alguien, como mucho es a la figura de Aquaman que hay de adorno en el acuario. Estaría bien ir con una manada de elefantes y llevarlos a cagar a la puerta de su casa, y preguntarle ¿a qué jode? Pues eso. ¡Recógelo cerdo!

5.     Los que no paran en un paso de peatones

Una cosa es ir un poco lanzado, ver tarde al peatón que se disponía a cruzar correctamente por el paso de cebra, y que no te dé tiempo a frenar. Pero tanto como conductor como peatón se dan cuenta del tema y el primero pide perdón levantando la mano. Nos ha pasado a todos. Pero otra cosa son esos imbéciles que pasan todos henchidos y ufanos, siempre con una mueca de asco en la cara, haciendo que no te han visto, pero te han visto perfectamente; y tú, por instinto de supervivencia, has dado un respingo hacia atrás, porque por un momento has temido por la vida de tus queridos pinreles. Así te estampes en la próxima curva, idiota.

6.     Los que hacen bricolaje los domingos por la mañana

Desde aquí les digo que me cago en su calavera y en su “brico-manía” de ponerse a dar por saco con el taladro a las 9 de la mañana un domingo. ¿No tendrá más horas el día para tales menesteres? – Respuesta: Sí, pero es que así molesto más, y me siento más realizado jodiendo al personal ya que yo también estoy jodido, aquí, taladrando –  Todos aprovechamos los fines de semana para hacer cosas, pero debemos intentar, no truncar la felicidad dominguera de los demás. A mí me gusta poner música cañera para hacer limpieza, pero como tengo bien presente que no estoy sola en el mundo (cosa que por lo visto otros no), me pongo los auriculares por que los demás no tienen por que aguantar mi manía de escuchar a Metallica a todo trapo.

7.     Los que van a la hora de comer a algún sitio porque “seguro que no hay gente”

Es que no pensamos en nadie más que en nosotros mismos: primero yo, luego yo, y si sobra para mí. Vamos a ver, gente porculera: estas personas que curran a jornada intensiva, tienen unos miserables 20 minutos o una hora los más suertudos, para comer, y si ustedes van a dar por saco en esa franja horaria, puede que ese pobre desgraciado se quede sin comer, y tenga que terminar el resto de su turno unas 8 horas más (después de las 4 que ya lleva trabajado) con un agujero en el estómago, porque a los señoritingos se les ha puesto en la punta del nabo ir a pedir información de alguna gilipollez, que podían haber mirado por internet, a las 2 de la tarde.

8.     Los que no se apartan al cruzarte con ellos

Caminas tranquilo por una acera muy transitada. Como persona amable y educada que eres te apartas, permites el paso a alguien que camina más rápido, esquivas ágilmente a otro, etc. Pero por desgracia, los educados tenemos que sufrir a los subnormales de turno que van caminado cual rinoceronte anfetamínico, y que no variarán su trayectoria ni un ápice. Su lema es: apártate o te arrollo. Tú ya los ves venir, y con un gesto cortés, te apartas (o porque no quieres que un ser tan abyecto te roce, no sea que te contagie su estupidez) y dejas que siga su camino, porque debe de tener muchísima prisa, para hacer algo importantísimo. Pero un buen día, como a todo hijo de vecino, se te cruza un cable y dices: pues ni me pienso inmutar. Mis cojones contra los suyos, y perderá (como diría el sargento de artillería Highway). Te empuja, pero tú has resistido el envite y se ha dado una hostia del copón contra tu hombro de acero. Se queda estupefacto y te mira con cara de pitbull, tú le devuelves su mirada desafiante con cara de: ¿Qué pasa, imbécil? ¿Acaso tú te ibas a apartar? Pues toma de tu propia medicina, cabrón.

9.     Los que aún no saben eso de “dejar salir antes de entrar”

Otra prueba del cenutrismo agudo que sufren algunas personas. Son como los borricos cuando les ponen las anteojeras. Ellos ven que una puerta se abre (del metro, del bus, del ascensor…) y tiran “p’alante” si o si, cual miura. Da igual si no hay hueco, ellos lo encuentran como si de un cerdo buscando trufas se tratase: hozando con su hocico, y escarbando con sus pezuñas. A ver, un ejemplo gráfico al alcance de todas las mentes: te vas a servir un cubata y llenas al ras tu vaso con whiskazo. Miras y dices: mierda, ahora no me cabe la coca-cola. ¿Qué haces entonces? Darle un trago. Pues esto es lo mismo. Si quieres entrar debes dejar salir, al menos, a un “cachocarne” que ocupe el mismo espacio  tú o al menos que consuma el mismo volumen de oxígeno que tú.

10.  Los que todavía no saben que hay que dejar libre el lado izquierdo de las escaleras mecánicas

Pues nada. A joderse y a aguantarse como te toque un zoquete de estos. Vamos a ver, si eres nuevo o estás de visita en la ciudad, tiene un pase, pero aún así, eso de que todo el mundo se ponga en fila para subir por el mismo lado de la escalera, ¿no te da qué pensar? O tal vez eres de esas personas que te crees más listo que nadie y piensas que los demás son imbéciles y que les gusta hacer el pardillo esperando su turno para subir por las escaleras mecánicas. Desde aquí aviso ya: la próxima vez que me sienta ágil  y quiera subir más rápido usando el lado izquierdo de la escalera y me encuentre con alguien parado allí como una vaca mirando un tren, lo arrollaré cual mercancías a la voz de: ¡Aparta troll!

11.  Los que no respetan el espacio vital de los demás al esperar la cola

Estos más que una hostia con la mano abierta se merecen un codazo en la boca del estómago, a ver si entienden de una puta vez que deben echarse hacia atrás y no invadir el espacio vital de los demás. No por mucho pegarse al de delante te van a atender antes. Y no tengo porque estar oliendo tu colonia apestosa o tu aliento de dragón.

12.  Los que van leyendo/mandando wassap mientras caminan

Pero vamos a ver, ¿será tan urgentísimo eso que tiene que decir por wassap? Si fuera realmente urgente, yo al menos, me pararía y haría una llamada. ¿Será tan absorbente eso que estás leyendo que no puede esperar 30 pasos hasta tu siguiente transbordo? Es que, ¿no os dais cuenta del incordio que sois para el resto de los transeúntes, que os tienen que ir esquivando como si de zombies se tratase, o que un día os vais a descalabrar cayendo por las escaleras? A mí me dan ganas de pararme en seco y esperar a que os empotréis a ver si así espabiláis la tontería que tenéis encima y miráis un poquito por dónde vais.

Es triste, pero es así. La gente está muy mal acostumbrada  pensando que va sola por el mundo, o que sus actitudes no perjudican o molestan a los demás. “Vivo en un país libre y puedo hacer lo que me de la real gana”, argumento muy manido entre este tipo de personas; tal vez sí, pero, en tanto y cuanto no molestes a los demás. No se puede ir por la vida en modo autista, ignorando a la gente y lo que sucede a tu alrededor nivel Raiman. De vez en cuando deberían levantar la vista de su libro, del suelo, de su teléfono móvil y mirar al frente para ver qué se cuece delante de sus narices; porque, tal vez, se estén perdiendo algo digno de ser admirado o recordado. No se puede estar continuamente en tu burbuja particular, ignorando lo que pasa a tu alrededor. A veces, es necesario pararse a pensar si eso que estás haciendo te gustaría que te lo hiciesen a ti. No me digan que nunca han pensado: “si pillo al que hizo tal cosa le doy una hostia con la mano abierta”. Pues si alguna vez lo han hecho, ya saben, aplíquense el cuento.

Imagen destacada obtenida de La Vanguardia.com, con licencia desconocida.


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Susanna Spada

Sobre Susanna Spada


Todo comenzó con un curso de maquetador de textos. Uno de los ejercicios propuestos fue la creación de un blog y su mantenimiento hasta el final de las clases. Aún hoy me pregunto porqué el mío gustó tanto. Por presión popular, continúo escribiendo hoy en él. Mil gracias a la Srta. Lampert, sus palabras al ver mi trabajo de fin de curso me dieron ganas de continuar. Ella sabe cuáles fueron.