De la frase ”Me gusta estar con mis hijos y como mola la paternidad, es lo mejor del mundo” a la frase “¿En qué cojones estaría pensando mi yo de hace 5/7/9/11 años para que le pareciera buena idea reproducirse?

Necesito un paseo, una copa y drogas… o todo a la vez” el camino es muy corto, cortísimo. Tan corto que a veces no te crees que hayas pasado de un extremo a otro tan rápidamente.

Uno cree tener paciencia, ser maduro, medianamente inteligente y tener capacidad para encajar casi cualquier situación adversa hasta que se enfrenta a determinadas situaciones con sus hijos en los que de repente es consciente de que ha perdido completamente la paciencia, la madurez le ha abandonado súbitamente y la única manera que se le ocurre para encajar la situación es llorar, huir o llamar a su madre.

Nos pasa a todos. Bueno, a todos no… hay gente por ahí que dice que jamás jamás piensa esas cosas horribles que yo cuento hoy ni se sienten malos padres.

Sinceramente, yo creo que mienten.

1. El baño

En teoría y gracias a los anuncios llegas a la paternidad pensando que el baño será un momentazo de comunicación paterno filial. El agua, el vapor, el espacio pequeño del baño. Carcajadas, esponjitas (¿Has estado alguna vez en un baño turco?), espuma… Todo idílico. Una leche. Cuando son bebés el momento del baño es de muchísimo estrés, no sabes si lo estás cogiendo bien, el bebé llora como un demonio y tú acabas exhausto y pensando que lo mismo no pasa nada si mañana no lo bañas. Cuando son más mayores hay que perseguirlos con un lazo para conseguir que se duchen o se bañen, luego hay que revisar el resultado de sus fregados cuando salen y normalmente hay que volverlos a meter en la ducha porque la esponja sigue seca y creo, me han comentado, que cuando se van de casa entienden el concepto: NO SACAR AGUA FUERA DE LA DUCHA.

2. La cena

“Tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre”.

“¿Qué hay de cena? ¿Qué hay de cena?”

Hay dos opciones, que tus churumbeles coman como perros hambrientos y literalmente te coman por los pies y tú te desesperes intentando que coman despacio, que no se peguen por la comida y te desesperes más cuando empiecen ¿Qué más hay? Tengo hambreeeee.

La otra opción es mucho peor. Tus hijos están hambrientos justo justo justo hasta el momento en que se sientan a cenar. Entonces comienzan un ritual de ralentización del espacio-tiempo que acaba con tu paciencia y te lleva al llanto porque lo que tú has preparado con amor y dedicación se ha quedado frío y asqueroso y ves como se acerca la hora del amanecer…

No, la hora de la comida no es igual de desesperante. Los que no tenéis hijos no lo sabéis… los padres sí.

3. Me aprieta / me pica / me duele / me pincha

Hora de vestir. Sacas la ropa. Da igual que sea la que se han puesto mil veces. Ese día por algún extraño motivo, por la alineación de los planetas o la carga magnética de los casquetes polares deciden que esa ropa no pueden ponérsela. Se la pones a base de una lucha cuerpo a cuerpo y algún que otro grito. Terminas y empiezan acontorsionarsee como si la kriptonita les estuviera fundiendo la piel mientras lloran o te miran con odio.

Cuando se hacen mayores me comentan por ahí que al factor “me aprieta/me pica/ me duele/ no puedo moverme” se añade el factor “no me gusta” o “no tengo nada que ponerme”.

Todo muy chulo.

4. En el coche

El coche es un sitio peligrosísimo. Es un habitáculo muy pequeño para compartir tanta armonía familiar. Es perfecto cuando todo va bien, poco espacio y todos muy juntos disfrutando… y es el infierno en la tierra al minuto siguiente cuando empiezan: ¿Cuánto queda? ¿Cuánto queda? ¿Queda mucho? Me hago pis, tengo sed, tengo hambre…

Mientras gracias a los “sistemas de sujeción infantiles” los llevas atados y bien atados, el tema queda ahí. Cuando ya van solo con cinturón de seguridad, además de todo lo anterior tenemos el problema de “me pido esa ventanilla”, “me has tocado”, “estás poniéndote en mi espacio”.

5. Discusiones absurdas entre ellos

Tus hijos son capaces de elevar una discusión idiota a la categoría de conflicto armado y necesitar mediación de la ONU. Pueden discutir por cromos, por media baldosa que uno ha ocupado con las construcciones, por una goma, por un plástico roñoso, por media loncha de jamón o por el sitio en el sofá.

Tú intentaras abstraerte, obviar el tema y dejar que lo resuelvan solos porque crees firmemente que verán que discutir por eso es una bobada.

Ja. Acabarás teniendo que hacer un juicio oficial donde no solo verás que el motivo era idiota sino que era mucho más idiota de lo que creías porque trae unos antecedentes de flipar: “es que él tiene ese medio plástico roñoso que es mío porque en el verano cuando estuvimos en la playa él se quedó con una concha que yo había encontrado y tú se la diste a él”.

¿un verano? ¿una concha? ¿Qué tú hiciste qué?

6. Me llevas al Salpicamás

– ¿Puedo comer chocolate ahora?

– No, vamos a cenar dentro de un rato.

– ¿Puedo comer chocolate?

– Ya te he dicho que no.

¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate? ¿Puedo comer chocolate?

Solo las grandes mentes consigues aguantar sin salir corriendo a comprar una plantación entera y dejársela en herencia.

7. Pataleta que algo queda en el momento más inoportuno

Cuando no tienes hijos y ves una pataleta de un niño, una especie de posesión diabólica que les hace patalear, llorar, gritar y casi casi girar la cabeza 360 grados piensas “que mal educa la gente a sus hijos”.

Luego el destino viene, hace que te reproduzcas, te dejes la piel en educarles y de repente un día te encuentras protagonizando la pataleta infernal mientras compruebas como gente sin hijos te dirige esa mirada “hay que ver que mal educa la gente a sus hijos”.

Pataleta que algo queda en el momento más inoportuno.

Eres un padre comprensivo y no un maníaco del orden. Si tus niños quieren jugar, pues que jueguen, que tengan espacio y tiempo para desarrollar su imaginación y su creatividad. A jugar.

8. A recoger

“A recoger chicos”… de repente, tus hijos son Houdini, son culebrillas, son roedores canijos capaces de esconderse en las ranuras más pequeñas para escaquearse del momento. Las construcciones con las construcciones, los colores con los colores, las fichas del memory con las fichas del memory, los disfraces al baul, los clics al maletín… Y estás tú solo recogiendo mientras repites hasta ahogarte: a recoger, he dicho que hay que recoger, chicos cuando se juega luego hay que recogerlo todo.

Solo mentes poderosas y consiguen controlarse y no coger una bolsa de basura y tirarlo todo.

Una vez que está todo recolocado y ordenado, tus hijos salen de sus escondrijos o del baño a dónde casualmente habían tenido que ir a hacer caca justo en ese momento.

9. El loro de repetición

A tus hijos quieres enseñarles modales. Lo asumes y acometes la tarea. Chicos, las cosas se piden por favor y se dan las gracias.

Te miran con cara de haberlo comprendido y memorizado. Te sientes super orgulloso de ti y de tus hijos.

¿Cómo se piden las cosas? ¿Qué se dice? Siéntate bien. ¿Os habéis lavado los dientes? ¿Cómo se piden las cosas? ¿Qué se dice? Siéntate bien.

Y así hasta que lloras porque te recuerdas tannnnto a tus padres.

10. La pregunta eterna

Un tema cualquiera, en un momento cualquiera, a ser posible el menos oportuno de todos. Tu hijo pregunta algo y tú contestas, porque sí, porque está muy bien que tengan curiosidad, porque quieres enseñarle y porque no está bien mentirles. Te sientes el campeón de los padres.

Y ¿ por qué?

Vuelves a contestar, ya con menos confianza porque realmente nunca habías llegado a ese nivel de detalle o si lo hiciste probablemente tenías la edad de tu hijo.

¿Por qué?

Ya no sabes más. No tienes ni idea. O a lo mejor lo has sabido y se te ha olvidado o te das cuenta de que mierda es hacerse mayor y dejar de hacerse preguntas y aceptar el “porque si”.

Pero ¿por qué? ¿por qué?

Desesperación por no contestar y porque no hay manera de pararlo.

11. La canción diabólica

El gusto por la variedad musical se adquiere con la edad, no viene de serie. De hecho tus hijos pueden escuchar una canción un número infinito de veces, y cuando digo infinito me estoy quedando cortísima, sin pensar ni por un segundo que es suficiente.

Pueden escucharla en casa, en el ordenador, en el coche, en la radio cuando salga, en el mp3. Cantarla, bailarla, hacer una coreografía, utilizarla para dormir, para el paseo en bici…

Por supuesto esa canción no será Stairway to heaven o Black Sugar o una sonata de Mozart, será algo diabólico que se meterá en tu cerebro y no podrás sacarla durante días.

12. A dormir

La hora de dormir, de acostarse, de descansar. Consigues llegar a ese momento, han cenado, se han lavado los dientes, han leído, y están monísimos en sus camas con sus caras dulces y cansadas.

Les da un beso, les arropas, apagas y sales feliz con tu paternidad.

¿Traes el agua?

Tengo calor.

Tengo frío.

Fulanito no me deja dormir.

¡Me acabo de acordar de que para mañana tengo que hacer una maqueta de un volcán!

Lloras.



Los que no sois padres si habéis llegado hasta aquí sé lo que estáis pensando. Os espero en el futuro.

Los que sois padres… seguro que os habéis reconocido.

Fotografía destacada cortesía de rafa2010 via photopin cc.


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Sobre Molinos


Un día abrí un blog... Pensamientos. Libros. Frivolidades. Críticas destructivas. Recomendaciones. Indignaciones. Perfiles. Cuentos "didactivos". Grandes momentos etílicos. Despellejes. Documentales. Filosofía de garrafón. Conversaciones. Recetas. Maternity. Y más... Finalista de los Premios Bitácoras y de los Premios 20Blogs 2012. Cosas que (me) pasan .