Hace unos años yo lucía orgullosa una mochila que ponía “ser mayor es un timo”. Y aunque ésto me sigue pareciendo una gran verdad, cuando uno es pequeño tampoco la vida es fácil, te llevas muchos palos que los mayores arreglan con palmaditas en la espalda y que luego descubres en el diván del terapeuta que no se arreglaban con cinco duros en chucherías. Sin ánimo de impulsaros a regresiones por las que luego me demandéis, me he puesto a recopilar esas decepciones que los niños nos llevamos justo antes de cruzar el umbral del mayorismo, y me han salido unas cuantas….

1. Your first broken heart

Mi primer amor nació en un tren Madrid Sevilla. Nos pasamos las siete horas del viaje, (en los 80 nada de Ave, amigos), haciendo dibujos para enseñarle al otro y luego calificarnos mutuamente. Fue un flechazo. Amor del bueno, del de para siempre. Teníamos 4 años. El único problema es que nuestros respectivos padres no lo vieron así y truncaron nuestra historia. Comenzaron burlándose de nuestras esmeradas puntuaciones a los dibujos del otro: “MMB, ¿qué significa, Muy Mal Bien?” A la mierda. Cualquier niño entendería que las siglas que nos poníamos en el borde superior derecho del dibujo respondían a la calificación de amor supremo “Muy MUY Bien”. Nunca te olvidaré, niño del que no recuerdo el rostro ni el nombre. El desamor a esa tierna edad duele. Los niños nos enamoramos ¿vale? Que se lo digan a Macaulay en “My Girl”, y a vosotros, que seguro que todavía os acordáis de las calabazas que os dió vuestra compañera de pupitre al enamorarse del chuleta de la clase, el Juanjo, ése que se ponía el babi como capa de superhéroe y hacía que cayeran todas como ratas. Pues eso, que es duro que te rompan el corazoncito.

2. No a la monarquía

A todos los niños nos fascinaba que entraran y salieran por nuestro balcón trayendo justo los regalos que pedíamos, pero lo mejor es que los camellos además se bebían toda la leche, (de toda la vida los niños sabemos que los camellos beben leche, a ser posible Lauki). En mi caso no era para nada necesario que mi tía juzgara que ya era mayorcita para decirme “sabes perfectamente que los Reyes son los padres, querida”. Pues no. No lo sabía. Para todo niño llegar a ese descubrimiento del Gran Engaño es un terrible palo. Menos para mi hermano, que se hizo el orejas durante varios años sabiéndolo y sin decir ni mú por si se quedaba sin regalos. Es muy duro enterarte de que no son reales esos seres mágicos con GPS incorporado. Los amigos invisibles no existen salvo en las cenas de Navidad de empresa, que es cuando Pérez, (que sólo comparte con el Ratoncito el apellido), te regala la cosa más burda y ajena a tu estilo que ha encontrado en la tienda de los chinos.

3. Débiles del mundo uníos

Ja, ja y ja. Cuando eres niño y te crees las pelis del mediodía de verdad confías en eso de que los nerds unidos jamás serán vencidos y que ganaréis al matón del colegio, que le podréis machacar las piernas entre Pablo el Bolas, Raquel la Comemocos y tú la Gafotas. Nueva decepción. El colegio, ese pequeño antro en el que se reproducen las relaciones adultas cual ensayo general, no es la isla Utopía. Nunca ocurrirá que Rubén el matón ponga pies en polvorosa, seguramente lo hará cuando vea a Marcos el Quebrantahuesos, de 8º, pero vosotros estáis en 6º, Rubén en 7º y es la rueda de la vida. Preparáos a morir.

4. Mitos que se caen: las niñas y su primera regla Chispas

Fascinantemente en las pandillas de niñas es una extraña competición, aunque ninguna sepamos por qué es guay tener la regla, más si aún no te ha bajado por primera vez y escuchas en el baño el inconfundible desenfundado de compresa de tu amiga Anita, ¿por qué señor, por qué no haces que me baje? Que duele, que es molesto, que nunca comprenderás del todo el ciclo de los óvulos bajando a toda velocidad por mucho que te lo expliquen en clase con diapos ésto es así. Verano Azul le dedicó todo un capítulo a la primera regla de Bea, “¡Bea es mujer!” gritaban los muy atolondrados en la playa. Parecía que iba a molar. Pues no. A ver cómo caminas para disimularlo antes de que los gañanes del colegio te hagan pasillo gratis. Bienvenidas niñas al mundo de los ovarios.

5. Más mitos que se caen: los niños y su inquebrantable amistad con su mejor compinche

Tu amigo el Roberto y tú, uña y esmalte. Nunca os separaréis. Lo siento chavalotes, mentira cochina. A pesar de revolcaros por el barro, de encerrar saltamontes en un vaso de cristal y de juraros amor eterno, (muy en la línea del “bromance” que llaman ahora los hipster a ese tipo de amistad), de hacer el hatillo juntos para escaparos a la esquina y volver acobardados, a veces se os rompe el amor, como a la Más Grande. Y no nos echéis la culpa a las niñas, casi nunca es por nosotras. Nadie sabe por qué un día el Roberto pasa de pasar a buscarte, pero lo hace, y nadie entiende que años después él sea Guardia Civil y tu un mod porreta. La amistad infantil a veces también se quebranta, y todo lo que os unió ahora os separa como lo hacía el bote de cristal de su hábitat natural aquel pobre saltamontes al que torturábais. Nada es para siempre. El saltamontes lo sabía bien.

6. Tus padres tus héroes

Los niños creemos que nuestra madre es la más guapa de todas las madres con chándal y tacón y encima nos lleva la merienda, ella sí que es la que más le pone bien de Nocilla al sandwich, no como la madre del Josele. Nuestro padre es ese tipo tan genial con bigote que nunca falla y viene a vernos a los partidos. Pero no son tan perfectos. Puede que incluso a tu padre le guste más la madre de Josele que la tuya, que a tu madre le falle el radar y un día venga a buscarte tarde y el bocata sea de mortadela. Es así. Y cuando eres pequeño y lo descubres también es difícil. Lo único bueno, niños del mundo, es que cuando crezcáis amaréis sus imperfecciones porque serán vuestro espejo. Y os acordaréis de lo bueno. Y punto.

7. No se puede sobrevivir solo de chocolate y patatas fritas.

Ésto es así. Creíais que sí, que con eso bastaba, bien de fuentes para vuestros 20 primos y para vosotros, a ver quién se comía la mayor tanda sin importar si abrasaban. Pero no era posible. Tampoco comiendo solo alitas de pollo, o pizza. Y éso fastidia. Claro que ahora de mayores para descubrir que sí se puede basta con independizarse, ser mileurista, hacer la compra en el Día y no tener tiempo ni imaginación para nada más.

8. Las acelgas no desaparecen de la mesa rollo Harry Potter

Continuando con el tema de la alimentación, estaban también esos alimentos tan innecesarios en el imaginario de un niño como las acelgas, el pescado, las judías blancas, las blástulas de puré. Si eras un niño de comedor sabrás bien de lo que te estoy hablando. A los niños se nos hace bola todo ese tipo de mierdas sanas, y si en algún momento pensábamos que no nos iban ver meterlo en la servilleta de papel haciendo que tosíamos íbamos listos. Los niños no pueden elegir lo que comen. Todo es por nuestro bien, alimentación sana y demás mandangas. Pero lo que es yo, no puedo aún no puedo tocar una acelga ni con un palo.

9. La repetición no mola

Cuando éramos pequeños mi hermano y yo veíamos “Los hermanos Marx en el Oeste” CADA TARDE. Y no creo que sea una cosa exclusiva de los hermanos Corpa, el otro día en un viaje de 4 horas dos niñas pequeñas (benditos angelitos) iban cantando la misma canción una y otra vez, una y otra vez, repito, una y otra vez hasta llegar al destino. Mi hermano y yo, y todos los niños del mundo, repasábamos nuestras frases favoritas de nuestras películas favoritas, y nos divertía la reiteración. Pero un día dejó de hacerlo, de pronto llegó el típico adelantado que tiene más de un vhs y nos mostró que otro mundo es posible, que entre poder elegir entre 20 películas y una sola los hermanos Marx vuelven cabizbajos a su camarote. Es la espiral de las infinitas capacidades de elección, cuidado niños. Cuando más se abre el campo de posibilidades menos se valora la historia única. Si os habéis convertido en los típicos adultos que descargan todo, que devoran todo, que no les da tiempo a escuchar todos los nuevos discos que se compran estáis en la onda. ¿Qué tal si revisitáis aquél clásico de siempre?

10. A los niños no nos gusta CUALQUIER disfraz

Los adultos creen que porque eres un niño te va a gustar disfrazarte de lo que sea, y en nombre de esa ignominia se han generado algunos de los mayores traumas de la historia. El otro día el sobrino de una amiga mía al no llegar por correo el traje de Peter Pan que le enviaba su tía se puso el de Campanilla de su hermana pequeña para inmediatamente después correr a las faldas de su madre completamente disgustado y decirle: “este disfraz está roto, ¡no vuela!”. En mi caso, mi madre creía que con vestirme con unos pantalojnes bombachos hechos de cortinas y ponerme un velo colaba éso de que iba de princesa, “de princesa oriental” me decía la muy manipuladora, y no os quiero comentar lo mal que lo pasan los niños a los que sus adultos visten de tubo de pasta de dientes, plátanos paralíticos, (decidme qué movilidad tiene un niño disfrazado de plátano gigante) o cualquier disfraz heredado del primo mayor aunque sea de fantoche. Alto ahí. No nos gusta cualquier disfraz. Es más. Si pudiéramos os pinchábamos la estrella de Sheriff del todo a cien en salva sea la parte, eso sí, qué risa ver las fotos años después.

11. Realmente les importa un pepino lo que quieras ser de mayor

Una cosa que a los niños nos molesta mucho es que después de responder a la pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” los adultos se rían de nuestra respuesta, como si fuera un chiste. Por ejemplo, yo decía siempre que de mayor quería ser Concha Piquer, y dadas las circunstancias y las perspectivas de futuro mejor me hubiera ido si lo hubiera logrado, ni másters ni nada, ahí con mis baúles recorriendo el mundo con la copla por bandera. Niños que decís que queréis ser astronautas, bailarines e ingenieros agrónomos pero además todo a la vez, no os vengáis abajo cuando vuestros mayores se rían de vuestros ambiciosos planes, un día lograréis vuestros sueños y les daréis con ellos en las narices. ¿Quién dijo que no se puede ser bombero y broker? A por ello, oé.

12. Jugar a los médicos o el asombroso descubrimiento de que el sexo no era éso

Quién de pequeño no ha tenido un primo o una prima armado con un auscultómetro casero con el que hacer las revisiones dignas de una película de Esteso y Pajares. En mi caso era un auténtico aburrimiento, quizá porque siempre me tocaba ser la paciente paciente. Los niños realmente no tenemos ni idea de lo que tendremos que hacer cuando llegue el Gran Momento, es más, yo creía que el sexo consistía en dar vueltas y vueltas sobre el colchón besándose sin lengua. Un momento. Quizá ese descubrimiento no sea de las peores decepciones que se puede llevar alguien, es más, niños si estáis leyendo ésto que sepáis que el sexo es mucho más divertido que como os lo imagináis, no todo va a ser malo de hacerse mayor…

Imagen destacada de E.T., el Extraterrestre. Todos los derechos reservados.


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Laura Corpa

Sobre Laura Corpa


Periodista, social media manager, fotógrafa, reportera, funambulista e insomne. Si quieres ver mi Currículum puedes hacerlo en mi web. Y también visitar mi blog