Todos tenemos un abogado cerca. Con el exceso de licenciados en Derecho que ha habido históricamente en este terruño, las posibilidades de tener cerca a alguien que haya estudiado Derecho (entre los que me encuentro) y haya acabado la carrera es muy elevada. No obstante, conseguir un buen abogado puede ser no sólo una tarea titánica, sino muy complicada dado que las posibilidades de que salga malo aumentan.

Por eso hay que tener en cuenta una serie de cuestiones a la hora de elegir a esa figura que nos acompañará en muchas de nuestras cuestiones complejas, sean contratos sin más en el caso de una empresa, como para otras cuestiones personales. Así que vamos a ver ciertas cosas (más o menos objetivas, cierto es) que nos permitirán saber si un abogado puede convenirnos o no.

1. La cercanía

Hola, Capitán Obvio. Es cierto que la cercanía física con el despacho donde trabaje es fundamental, especialmente si hay un contacto diario, dado que entre papeles que haya que entregar, visitas que sean necesarias y un largo etcétera de cuestiones, necesitamos que los desplazamientos no sean muy largos. Que, ojo, esto se puede suplir de otras muchas maneras, dado que ahí están la videoconferencia o el correo electrónico, pero esto también es cercanía.

2. Especialidades

Para una empresa es fundamental que la persona elegida sea especialista en lo que se necesite. Contratos internacionales, seguros, fiscalidad… Al igual que es fundamental para cualquier persona de la calle. Sinceramente, no encomendaría un tema de herencias a un especialista en Derecho Comunitario, ¿entendéis el porqué, no?

3. Trabajo realizado

Seamos sinceros, la experiencia en un área como el derecho es un grado. No tanto a nivel de conocimientos (basta saber dónde encontrar la norma y su interpretación en muchas ocasiones), sino por las posibilidades que nos abre un despacho con años de experiencia: se conocen a otros abogados, a jueces, empresas… De esta manera, la posibilidad de conseguir que en casos de litigios la solución sea más rápida y satisfactoria sin acudir a los tribunales aumenta. Y mucho.

4. Y si además es mediador…

Continuando con lo anterior, efectivamente las soluciones extrajudiciales pueden ser una solución a muchos problemas. Y ahora que se busca que todo sea lo más rápido posible y la regulación de la figura de la mediación extrajudicial (que será más o menos satisfactoria) ayuda a que no todo finalice en los tribunales, con el consiguiente ahorro de tiempo y dinero. Además, de esta manera también se llegan a acuerdos que son vinculantes para ambas partes, lo cual en un sitio en el que todo se resuelve en el barro (no todo, pero permitidme la generalización) pues ayuda mucho a que todo sea mucho más satisfactorio y que las cosas sean más sencillas.

5. Las peculiaridades territoriales

Esto puede parecer una gilipollez pero con 17 comunidades autónomas, más Ceuta y Melilla, en ciertas áreas como el derecho administrativo podemos hacer que el punto 1 no sólo sea físico o de trato, sino también de conocimiento de la norma. Y es que hay áreas en las que presentar un papel de una determinada manera o de otra puede acarrear problemas serios.

A esto hay que sumar que varias Comunidades tienen su propio derecho civil como consecuencia de ciertas razones históricas que no vienen al caso y que tampoco tienen que ver con temas políticos. Por ejemplo, yo cogería un abogado catalán si hay que preparar un divorcio en Barcelona, dado que el régimen matrimonial tiene ciertas especificidades, que se agudizan en el caso de otras regiones como Navarra. Nada, hacéis la búsqueda “derecho civil foral” y os podéis enterar mejor del asunto.

6. Recomendaciones

Lo de siempre. Un buen abogado para una empresa puede ser horrible para otra, pero las recomendaciones de nuestros conocidos pueden ser una buena fórmula para saber qué abogado nos conviene. Y esto es así, las cosas como son.

7. No os fiéis de la apariencia

Si algo me han demostrado varios años trabajando en banca es que no hay que fiarse de las apariencias. Es decir, vuestro abogado (o abogada, aquí sí hay que hacer la distinción) puede ir impecable y ser prácticante de la religión del tuercebotismo más desesperante. Con ser una persona limpia y aseada basta y sobra, os lo digo yo. Y no, no os engañéis, la abogacía sólo crea cuatro ricos. El resto viven o sobreviven.

Eso también se puede aplicar a cómo esté el despacho. Hay quien recibe en su despacho de trabajo con todos los papeles según su orden (suelo, estanterías, mesas…) o en una sala al respecto en la que no tenga ni un solo papel. Ni el primero es un desordenado que os va a perder los papeles ni el segundo la persona más ordenada del mundo.

8. Flexibilidad

Aquí entramos en el proceloso mundo de los horarios españoles, con lo que si llegado el caso ha de recibirnos cuando sea menester, que pueda hacerse. Es decir, normalmente las mañanas suelen dejarse para trámites (judiciales, visitas, reuniones) y las tardes para recibir a clientes, pero si es necesario que nos reciban por la mañana, seguramente algún hueco podrá salir.

9. Que os pida todo por escrito

Si en algún momento dais con alguien que os diga por favor, pásamelo por correo, guardadlo como si fuera un tesoro. Aunque muchos abogados siguen estando colgados al teléfono (y es una herramienta fundamental de trabajo, sobre todo si buscan soluciones extrajudiciales), al final para ciertas cuestiones y consultas es mejor que se las podamos explicar y nos dé la solución por escrito. Así todo queda debidamente archivado.

10. Su lenguaje

Tanto el corporal como el hablado. Y esto último es excepcionalmente importante. En casos de litigios alguien que tranquilice y explique bien las cosas, es fundamental para que todo se resuelva como debe. Y es que el lenguaje jurídico está lleno de ciertos recovecos que pueden hacer que suene a sánscrito lo que te estén diciendo. Por no hablar de quienes te prometen el oro y el moro según te sientas en la mesa sin haber estudiado todas las circunstancias que rodeen al asunto.

Y, recuerda, si su lenguaje es muy agresivo o es cortante, empieza a desconfiar. Aunque siendo yo de Valladolid…

11. Evita los familiares

Sí, las cosas como son. Tener un familiar que haya estudiado la carrera y ejerza está muy bien… para pedirle que nos recomiende otra persona. Y es que la familia y el derecho cuanto más lejos estén, mejor. Y no porque vaya a hacerlo mal, dado que se puede llegar a poner en entredicho su profesionalidad, aunque lo haga excepcionalmente bien, dado que tendemos a juzgar en demasía, especialmente en aquellas cosas sobre las que no tenemos ni la más remota idea.

12. Usa Internet

Sí, pero no tanto para buscar un buen despacho o abogado o abogada, sino para ver qué dicen sobre esa persona, si ha publicado artículos, qué sale en los Boletines Oficiales (que puede estar embargado) y, como siempre pasa en estos casos, si encuentras opiniones, evita los halagos y las críticas demoledoras. En el medio siempre está la virtud.

Dicho todo esto, al final la intuición es lo que cuenta y, sobre todo, tened en cuenta que el mundo de la abogacía y su ejercicio son muy complejos: alguien de gran prestigio puede tener un mal caso por múltiples razones. Y que las cosas no salgan como queramos no significan que quien nos haya atendido lo haya hecho mal. Probablemente ese miedo a lo desconocido nos sirva sólo para decir vaya castaña sin haber hecho nuestros deberes: comprender que todos podemos cometer errores o que la parte contraria fue mucho mejor que nosotros. O incluso que ni siquiera teníamos razón en nuestra petición.

Imagen destacada de Shutterstock.


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J. Esteban Mucientes

Sobre J. Esteban Mucientes


Conocido como @mediotic, es consultor freelance, enfocándose en los medios sociales, especialmente mostrar a través de la formación la utilidad de las redes sociales para cualquier tipo de negocio o colectivo colaborando de manera estable con Vital Innova. Escribe en su blog mediotic.info, en el que da salida a temas relacionados con el Social Media y temas de primera ayuda para gestionar redes sociales (aparte de denunciar el humo). Según parece, pertenece a la Junta Directiva de AERCO-PSM. Vamos, que lo mismo te descose un roto que te rompe algo ya cosido. O algo así