Ya tienes 30, 35 ó 40 y un día te sientas a pensarlo o sencillamente tienes una revelación de lucidez y te das cuenta de que hay un montón de cosas ahora mismo que te encantan y que sin embargo cuando eras pequeño no te molaban nada, las odiabas o incluso te pasaban completamente desapercibidas.
No hablo de un buen vino, el sexo, un ensayo sesudo sobre cualquier tema o la contemplación de un bonito paisaje. Hablo de cosas del día a día que ahora te resultan valiosas y te encuentras pensando: ¿cómo es posible que antes no me diera cuenta de lo que valían? o peor ¿en qué momento me volví tan mayor como para apreciarlas?
Lo peor de alcanzar este momento de lucidez es que te sientes culpable por no haber apreciado esas cosas en su momento y lo mejor es que cuando puedes disfrutarlas eres consciente de cada minuto.

1. La paciencia de tus padres

Obviamente para apreciar esto has tenido que reproducirte. Cuando te encuentras gritando como una bestia, al borde del llanto porque no puedes más o mirando al infinito cargado de frustración por tu manifiesta incapacidad para tratar con tus hijos de repente un rayo atraviesa tu mente y piensas ¿Cómo me aguantaban mis padres? Y sientes una gratitud infinita hacia ellos por no tirarte por la ventana o directamente pasar de ti cuando supones les sacabas de quicio igual que están haciendo tus hijos contigo.

2. Los profesores

Una vez más, cuando tienes hijos y ves que eres incapaz de bregar con 2, 3 ó el número que tengas, visualizas a ese profesor de guardería, de infantil o de primaria que se encierra cada día con 24 como los tuyos y sientes necesidad de ir a besarle en los morros, o ponerle una capa de superhéroe.
Cuando te recuerdas a ti mismo de adolescente carpetero petagranos y piensas en tu profesor de BUP… sientes sincera y completa admiración por los profesores de secundaria que ahora mismo bregan con energúmenos como tú en aquellos tiempos.

3. La siesta

Pocas cosas se echan más de menos y se valoran más que la siesta. Cuando eres pequeño, la siesta es una tortura, una condena, una pesadilla. No quieres dormir, es un rollo, es perder el tiempo. Ahora, pagarías por poder echarte una siesta tranquilo y tan a gusto. El día que lo consigues babeas de felicidad.

4. Un viaje en coche

Viajar en coche en la infancia es un mero trámite para llegar a un sitio molón o para volver a casa. La distancia siempre es excesiva y la única pregunta que importa es ¿cuanto queda? Ahora, viajas en coche disfrutando de conducir, de la música, del paisaje… si te dejan. El viaje en sí mismo es una experiencia.

5. No tener nada que hacer

Todo el día corriendo de un lado a otro, todo el día pensando en todas las cosas que tienes que hacer y todas las que te gustaría hacer y no tienes tiempo. “Mamá, ¿qué hago? Me aburro” te recuerdas cuando decías esto y quieres echarte a llorar o tener el superpoder de agitar a tu yo del pasado y decirle “aprovecha”.

6. El periódico

Cuando eres pequeño, el periódico parece la cosa más soporífera del mundo. Ahora la mayor parte de las veces en que consigues leerlo te parece una bazofia pero te gustaría tener más tiempo para poder leerlo. Comprendes qué interés tenía para tu padre, tu abuelo o tu madre la lectura diaria del periódico. Y más en la era preinternet.

7. El paso del tiempo

La percepción del tiempo es una habilidad que se consigue con el tiempo. De pequeño cualquier cosa más allá de “ya”, del instante inmediato es una inmensidad temporal pero por otro lado no eres consciente del paso del tiempo. Ahora sabes que una hora pasa volando y que un año es una cantidad considerable de tiempo pero que sin embargo pasará más rápido de lo que te parece. Empiezas a hablar en cantidades de tiempo que sencillamente te parecen increíbles “hace 20 años que salí del colegio” “hace 13 años que estamos juntos”… te entran escalofríos al escucharte.

8. Un buen culo

Un buen culo es un concepto que no se valora en toda su correcta dimensión hasta los 35, cuando ya no es tan obvio que se pueda mantener. De pequeños el culo solo sirve para lo obvio: caca, culo, pedo pis.

9. La sorpresa gastronómica

Descubrir platos nuevos, cocinar algo de una manera diferente, mezclar sabores, sorprenderte comiendo algo que jamás habías pensado que comerías (nada de chascarrillos verdes que os veo) es algo que valoras con la edad. De pequeño una dieta basada en macarrones, arroz, galletas y chocolate parece el colmo de la felicidad.

10. El silencio

Llegar a casa y que no haya nadie. Silencio. Estar en el curro y que te dejen solo y no hay a ruido. El silencio de la noche, de un paseo por el monte, de un parque, de una casa. ¡Qué placer! De pequeño no percibes el ruido, nada te molesta y por lo tanto no valoras el silencio.

11. Los besos

“Puagh ¿besos? ¿una peli de besos?” Todos pensábamos eso de pequeños. Qué asco los besos con lengua. Ni siquiera nos gustaban los besos de nuestros padres… ¡¡pesada mamá!! Ahora te flipan los besos con lengua y te pasas el día aturullando a tus hijos que te miran exactamente igual que mirabas tú a tu madre.

12. Tu cuerpo

Cada día eres consciente de lo que te duele, de como te duele, de las cosas que ya no puedes hacer o de lo que te cuesta seguir haciéndolas. Ves las arrugas, las canas, el pelo que tienes cómo lo tienes, cómo no lo tienes, el color de la piel, la barriga, los brazos… absolutamente todo. Cuando eres pequeño no eres consciente de nada de eso y de repente un dia te levantas y dices: ¿yo soy ese?



Al contrario de lo que pueda parecer todo esto no es para deprimirse para nada. Ser consciente del valor de determinadas cosas hace que las valores y disfrutes más. Y para volver a sentirnos jóvenes y alocados nada como ponerse unos calcetines de rayas, salir de copas y levantarse al día siguiente pensando: qué mal me encuentro pero cómo me lo pasé, a ver s i consigo echarme una siesta.

Fotografía destacada cortesía de Vincent_AF via photopin cc.


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Sobre Molinos


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