Decía Hitchcock de las películas, y también es aplicable a las novelas, que deben “empezar por un terremoto y luego ir hacia arriba”. No en vano dicen los narradores, que la primera frase es el mayor desafío de todo un texto: si no logra capturar al lector, todo mérito posterior será inútil. Según esta premisa, el incipit tiene que reunir las cualidades necesarias para convertirse en el más eficaz de los señuelos. Recae sobre esta primera frase la responsabilidad de cautivar nuestra atención e intrigarnos lo suficiente como para sumergirnos de golpe en el viaje literario. Debe encandilarnos para obligarnos a avanzar al siguiente párrafo ávidos por continuar la lectura, en vez de abandonar esa obra en busca de inicios más prometedores. El primer párrafo de una novela es un preludio de lo que vendrá después, nos da la clave fundamental para posicionarnos frente al relato y puede anticiparnos desde una sospecha de genialidad a un posible desengaño. Con él, el autor adquiere además un compromiso tácito con el lector, ya que conforma con el inicio un patrón, un estándar de calidad al que tiene la responsabilidad de ajustarse a lo largo de la obra.

No digo yo que una novela tenga que ser buena únicamente porque su inicio lo sea, bien puede empezar sin pena ni gloria e ir apresándonos poco a poco, pero desde luego, si es mala, será insoportablemente mala si lo es desde el principio. Porque un buen inicio nos puede proporcionar una presunción de calidad posterior, tanto como un mal comienzo nos permite suponer la escasa trascendencia literaria de la obra que tenemos entre manos.

Supongo que todos los escritores habrán pasado horas estrujándose la cabeza tratando de concebir un comienzo que reúna los ingredientes del prometedor Érase una vez, tan infalible para captar la atención de los más pequeños, pero esa fórmula aún no se ha descifrado. Está muy claro que en la estimación de qué es un buen inicio y qué no lo es, entra en juego el gusto de cada uno, y que frente a la subjetividad de cada lector es muy difícil establecer un criterio uniforme, ya que hablamos al fin y al cabo de una valoración estética, pero afortunadamente para eso, dios creó al hombre y éste creo Twitter.

El año pasado, una periodista colombiana colgó en Twitter un enlace a una lista publicada por el diario británico The Guardian con los diez mejores comienzos de novela en inglés, proponiendo a todo aquel que anduviera suelto por el ciberespacio que eligiera su comienzo favorito. Aunque la lista resultante tendía a infinito, la periodista se encargó de reducirla a cien títulos, con resultados similares a los obtenidos por American Book Review en un ranking realizado con el mismo propósito, llegando nuevamente a conclusiones que se repiten asimismo una y otra vez en todos los foros que han tenido a bien disertar sobre esta cuestión. Pareciera que a pesar del gusto personal de cada lector al que hacía referencia antes, hubiese cierta unanimidad en cuanto a los comienzos más eminentes. Así todo, y como aquí la docena es la medida de todas las cosas, doce de los comienzos de novela más destacados y célebres son los siguientes:

1. El túnel, de Ernesto Sábato

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.”

2. El extranjero, de Albert Camus

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ´Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”

3. Si una noche de invierno un viajero, de Ítalo Calvino

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: ¡No, no quiero ver!”

4. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo.”

5. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

6. La metamorfosis, de Franz Kafka

“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”

7. El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.”

8.- Lolita, de Vladimir Nabokov

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”

9. Rayuela, de Juilio Cortázar

“¿Encontraría a la Maga?”

10. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.”

11. Moby Dick, de Herman Melville

“Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de ahuyentar la melancolía y arreglar la circulación.”

12. Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa

“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”



Hasta aquí la docena de inicios más repetidos según la valoración de los lectores. Algunas de estas frases como En un lugar de la Mancha han hecho correr ríos de tinta a pesar de la manifiesta intención de Cervantes por olvidar, convirtiéndose en una de las frases más famosas de la literatura universal. Debido a su traducción al castellano, otros ejemplos han perdido fuerza y encanto. Es el caso de Lolita, cuya versión original es una auténtica obra de arte, cercana a la poesía: Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta. She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita. Pareciera que el maldito Nabokov fuese un poeta nacido en plena campiña inglesa en vez de en San Petesburgo.

Evidentemente no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Como denominador común, es indudable que todos estos inicios anticipan el nivel literario de estas obras y crean un clima, un contexto del que el lector sólo consigue escapar al acabar el libro. Finales de libro… daría sin duda para otra docena (llena de spoilers, eso sí) ¿Habéis echado de menos (o de más) algún comienzo en especial? ¿Se os ocurre alguno que sumar a la lista?

Fotografía destacada cortesía de » Zitona « via photopin cc.


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Andrea Navazo

Sobre Andrea Navazo


Abogada mercantilista y domadora de unicornios azules. Un día cogí un tren que salía de Bilbao y me trajo a este blog.