No lo llames mala suerte cuando no es más que falta de vista, porque no será que no se levantaron banderitas rojas para avisarte… Y sí, las sentiste pero no quisiste verlas. No confiaste en tu criterio, ni en tu intuición. Pues ahora te fastidias.

Sí. Ya sé que las ganas de volver a trabajar cuanto antes, después del parón, te cegaron y te pareció que los astros se alineaban para ti… Sin embargo, no se trataba de una alineación, sino de una constelación defectuosa que te pilló con la guardia baja.

1. “No encuentra a nadie”

Tu amiga en España, la que te pasa el contacto de este estudio que busca gente (y a la cual, independientemente de todo, le agradeces enormemente el gesto) te dice que le han dicho “que no encuentran a nadie”. ¿Hola? No encuentran a nadie que quiera trabajar para ellos… ¿No te dice nada?

2. Sueldo extremadamente bajo

Te ofrecen mucho menos de lo que cobrabas hace cuatro años en la España de la crisis. Lo aceptas porque quieres adquirir experiencia laboral en este país a toda costa y no te das cuenta de que tu honra se pierde con esos euros que dejan de pagarte. “Contigo hago una inversión” -te dice. Luego te pide que dejes el programa que supuestamente tenías que aprender (parte del trato en lo de cobrar poco) y hagas otras cosas para las cuales tu falta de familiaridad con el software ya no es limitante. Tu experiencia de más de 10 años a precio de saldo, al servicio de un aprovechado pero tú sigues porque te mola.

3. La antipatía de tu compañera

Desde el minuto cero. Desde antes de saber si mereces esa antipatía o no, recibes desprecios incomprensibles. Frases como “eso será en España” como si España fuera lo peor. Respuestas bordes innecesarias. Dejarte con la frase en la boca para ir a hacerse… un café. No. No puedes atribuirlo a una infancia infeliz. Ya somos mayorcitos para saber cuando estamos eligiendo ser gilipollas con alguien. Y está claro que a ella nadie le preguntó qué opinaba sobre la ampliación del equipo.

4. Los prejuicios de tu jefe

Esta es muy buena. Que tu jefe, que a priori te ha parecido simpático, suelte improperios contra una señora que se le cruza en coche aduciendo en tono despectivo que será una “ama de casa ociosa”, cuando su propia esposa se dedica a sus labores. Que hable mal de un potencial cliente de origen croata llamándole “südländer (de un país del sur) venido a más”, total porque tiene un doctorado y pasta para financiar su casa… Como si en la Europa del sur no pudiéramos tener educación superior, ni deseos de progreso, ni status, ni nada. Y tú a su lado, (habiendo dedicado años a tus hijos y viniendo de Spain) ¿tampoco viste esa banderita?

5. Bullying explícito

Segundo día de trabajo. Tú: “En esta carpeta pone “Fulanita ¿Quién es Fulanita? ¿Trabaja aquí también?” (Con la esperanza de que la tal Fulanita apareciera y resultara ser un pelín más agradable que tu compañera). “Fulanita es una que estuvo aquí antes que tú…” (Sin ni siquiera mirarte). “Me la quité de encima en una semana.” ¿Cómo? ¿Perdona? Oye, mocosa, no estarás intentando intimidarme… No. Intimidarte no te intimidó. Pensaste “¿Será humor del este? No lo habré entendido… Lo habrá dicho en broma”. Pero qué más quieres, si te lo presentan blanco y en botella.

6. Contacto directo insuficiente con tu jefe

Estás vendida y no te enteras. Piénsalo. Si tus actividades llegan a tu jefe no directamente a través de ti sino a través de una tercera, que NO te quiere en el barco… no tienes absolutamente nada que hacer, pardilla. Vamos, a estas alturas del partido.

7. Discurso contradictorio

Primero le basta con alguien que hable inglés, luego el alemán que hablas (que en principio era de regalo) no es suficiente. (Ojo. Tampoco se han dirigido a ti en inglés jamás para aclarar ningún entuerto). Tenías que aprender a usar el programa trabajando con él “learn by doing”, te dijo en repetidas ocasiones y tú te lo creíste pero luego “quizás deberías tomar un curso”.
“Te va a llevar de 3 a 6 meses usarlo con soltura” -te dijo- y al cabo de un mes, resulta que no vas tan rápida como la otra… ¿Hola? ¿No era ese uno de los argumentos esgrimidos para pagarte menos que a Rita?

8. Hazte autónoma porque es “más fácil”

Más fácil para él. Está claro. Porque para ti ha sido un pollo. Echando la vista atrás, todo cuadra. Pero cómo fuiste tan imbécil.

9. No existe contrato escrito

Nooo. Porque somos superguays y hay confi. ¿Confi de qué? ¿Por qué tienes que confiar en un tipo al que no conoces, cuando la única que asumes riesgos eres tú? que ya has pagado más de 600 euros del seguro médico y de él todavía no has visto un duro.

10. Falta de confianza en ti

Tú debes confiar en ellos pero ¿y ellos en ti? ¿Cómo puede una persona trabajar si no la dejan, si cada 30 minutos están revisando lo que haces y tirando por tierra cualquier argumento? ¿Si tu compi, la que tenía que ser tu ayuda y apoyo, parece que en lo único que se empeñe sea en ralentizar tu trabajo con chorradas? Llegaste a pensar que hacían como en el ejército, que intentaban romperte, evaluar tu aguante. Y aguantaste lo tuyo … Hasta que te hartaste de escuchar impertinencias y te fuiste. Precipitadamente tal vez, pero no tenías cuerpo para pasar ni un día más allí, que la vida es demasiado corta.

11. Señales más que suficientes

Pero tú erre que erre, sigues pensando que sólo depende de ti, de cómo te comportes y de cómo desempeñes tu trabajo… Ingenua. Y te vas cabizbaja todavía pensando que podrías haber hecho que fuera diferente.

12. Lo que dicen tus amigos

Esta es probablemente la bandera más gorda. Que tus amigos, que te quieren y te conocen desde hace años, te digan: “No cojas ese curro ni de coña. No con esas condiciones. Estás loca”. Esa es una bandera roja enooooorme y no tienes perdón por habértela saltado. Te lo mereces.

No quieres admitirlo pero, a día de hoy, le has regalado mes y medio de tu vida a este señor, que encima te deja con la sensación de que tú no has hecho bien las cosas. Cómo puedes estar tan ciega. Tú que ya creías haberlo visto todo (o bastante) has tenido que aprender una nueva y humillante lección: hay gente tan miserable que no te la crees… y precisamente ese no creértela es lo que te hace vulnerable frente a ellos porque no les ves venir. No les crees capaces de cosas que tú no harías. Créetelo. Los hay. Guárdate de ellos y aprende a ver las señales.

Esta historia ha sucedido fuera de España pero podría haber sucedido en cualquier lado. No queráis ver filias ni fobias que no las hay. Soy bastante pragmática. Lo que me va, me va y lo que no me va, no me va. Sin etiquetas, ni pasaportes. No critico naciones sino actitudes.

Que sepáis que en estos momentos, mientras escribo estas líneas a modo de exorcismo, (recordando cómo la instrucción más exhaustiva que recibí fue la de cómo usar la máquina de café) ya tengo la mente puesta en otro proyecto mucho más emocionante que el de trabajar a las órdenes de “no sé quién”.

Ni siquiera sé por qué me siento mal… ni que hubiera dejado un fantástico empleo en Google o renunciado a un escaño en el Parlamento Europeo, oye.

Foto vía Shutterstock.


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Nuria Puig

Sobre Nuria Puig


No soy psicóloga, ni experta en relaciones. Tampoco soy Community Manager, ni coach, ni ingeniera informática, ni storyteller… un desastre vamos. Soy madre y madrastra. Paciente hasta que me harto. Hago lo que puedo por intentar superarme cada día un pelín.